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4D: ¿Almería… indolente?

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Entre el año 1901 y 1981, según datos del INE, la provincia de Almería había mandado a la emigración a la friolera de 316.606 de sus nativos, y su población, un año después del referendum para el proceso autonómico celebrado el 28 de Febrero, era de 405.313 habitantes. Esta sangría era en realidad mucho mayor, si tenemos en cuenta que se trata de datos oficiales de la época, y eran miles los almerienses que se marchaban a trabajar a otro lugar, las cosas le iban moderadamente bien, y jamás volvían a darse de baja en el censo de su municipio de origen.

Es decir, que allá por 1977, no es aventurado decir que había tantos almerienses en Almería, como en la emigración, que eso suponía que no había ni una familia almeriense que no tuviera un buen número de miembros fuera de la provincia. De ellos, alrededor del 40% tenían como destino Cataluña, según estas fuentes estadísticas.

No es difícil imaginar –en realidad, solo hay que escuchar a quienes vivieron aquellas fechas- que cuando llegaba la Navidad, o la Semana Santa, o las fiestas del pueblo… la Feria… y aquellos almerienses hacían lo posible por volver a su tierra unos días, contaran que allí les iba bien, que había trabajo, y que las condiciones de vida eran mucho mejores que aquí, la sanidad, la educación, las comunicaciones… pero que como en casa, en ningún sitio.

Solo quienes tienen una pobre opinión de los almerienses pueden sostener que aquello provocaba indiferencia entre los que permanecieron aquí, sin saber si marcharse también, o seguir aguantando el tirón; cómo responder a la duda de la desesperación.

Solo quienes tienen una pobre opinión sobre los almerienses pueden sostener que cuando muere el dictador y se abre una ventana a la libertad, no se abre también una puerta a la esperanza de una vida mejor entre quienes residían en esta provincia, como ocurrió en todas y cada una del resto del Estado.


Solo quienes tienen una pobre opinión sobre los almerienses pueden sostener que cuando corre la noticia de que se está preparando una Constitución, y que en ella Cataluña y País Vasco van a ser unas regiones privilegiadas sobre el resto, éstos se mantendrían indiferentes, como si no fuera con ellos, como si aquello no les espoleara…


Solo quienes tienen una pobre opinión sobre los almerienses pueden sostener que cuando corre la noticia de que se está preparando una Constitución, y que en ella Cataluña y País Vasco van a ser unas regiones privilegiadas sobre el resto, éstos se mantendrían indiferentes, como si no fuera con ellos, como si aquello no les espoleara… ¿es que vamos a tener que seguir emigrando? ¿es que vamos a tener que seguir yéndonos fuera para poder comer? ¿es que no está bien ya de seguir siendo la mano de obra barata allí arriba?

La manifestación del 4 de Diciembre de 1977 fue un estallido en toda Andalucía, y Almería no fue una excepción, porque los almerienses no son indolentes, porque a los almerienses, como al resto de andaluces, les dolía la emigración, les dolía su pobreza, sus malas condiciones de vida, pero también les dolía cómo les trataban fuera, y no estaban dispuestos a que en ese momento, cuando el contador se iba a poner a cero, los de siempre, volvieran a ser los privilegiados.

Todos los andaluces se percataron de que era el “ahora o nunca”, de que o nos colocábamos donde mismo iba a estar vascos y catalanes, o nuestro subdesarrollo se iba a mantener, como había ocurrido en la época franquista, privilegiándoles a ellos mientras los nuestros tenían que emigrar. Emigrar y ser allí españoles de segunda categoría.

Solo quienes tienen una pobre opinión sobre los almerienses pueden sostener que los almerienses no se echaron a la calle el 4 de Diciembre como el resto de andaluces, porque como el resto de andaluces –a excepción de una minoría concienciada en el nacionalismo y que enlazaba aquel movimiento con todo un devenir histórico- entendieron esa manifestación como un grito para dejar la miseria, para no tener que irse de aquí, para no tener que seguir escuchando a los que volvían de visita que sí, que allí había trabajo, que todo era mejor, pero que claro… eras un charnego o un maketo… veías que los tuyo se dejaban la piel en el norte, pero en la tele y en los chistes, eras el vago, el que se pasaba el día en la taberna y el grasioso, el cateto, el analfabeto… léanse las reflexiones de Jordi Pujol y de Sabino Arana, o de Xabier Arzallus para entender esto.

Pretender ahora, decir que fueron pocos los que secundaron la manifestación es un insulto precisamente a los propios almerienses, porque es tanto como acusarles de desinterés por mejorar, por tener trabajo, por tener mejores carreteras, más centros de salud, más escuelas… lo mismo que les contaban que pasaba en Cataluña… acusarles de desinterés por liberarse de los tópicos soportados durante decenios.

Pretender decir ahora que aquellos almerienses, emprendedores a la hora de salir fuera a buscarse la vida, y emprendedores cuando inician la agricultura intensiva, aquellos que se lanza a buscar mercados para la exportación, carecían de impulso vital para agarrarse al futuro que se abría ante ellos, es poco menos que un insulto a la inteligencia en general y a éstos en particular.

Aquella manifestación en Almería concitó el apoyo de todos los partidos políticos, incluida la extrema derecha, incluido el partido del Gobierno (UCD), incluida toda la izquierda, el sindicalismo, las organizaciones sociales, hasta la Diputación colgó la verdiblanca sin ser aún la enseña oficial andaluza y estar la institución presidida por un franquista, y hasta la Iglesia le dio su bendición… ¿de verdad que alguien puede creer que una manifestación en aquellas circunstancias, con los señalados antecedentes socioeconómicos, iba a dejar indiferentes a los almerienses? ¿qué no iban a estar allí quienes pudieran, un día de lluvia, con unas carreteras infernales, sin posibilidad de publicitarla en una provincia como más de un centenar de pueblos, a la que como mucho llegaban los medios del Estado que eran contrarios a ella?

Además, aquel día la alternativa a no apoyar la manifestación solo era una: querer que todo siga igual. ¿Y quién puede pensar que los almerienses querían que todo siguiera igual?

Además, aquel día la alternativa a no apoyar la manifestación solo era una: querer que todo siga igual. ¿Y quién puede pensar que los almerienses querían que todo siguiera igual?

Creo que los almerienses, como el resto de andaluces, esperábamos mucho más de estos cuarenta años de autonomía, de autogobierno, pero no cabe devaluar la importancia de aquel evento por esa razón, sino actuar en consecuencia.