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La patria común

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Dejada de la mano de gobernantes y ayuntamientos más propicios a otras cosas que a mejorar la ciudad puesta en sus manos, conserva un poder que sólo han sabido ver personas excepcionales, como Lorca, Alfonso X, José María Ybarra, Prudencio Pumar, Murillo, Cervantes, Lope y un buen puñado más, donde destacan José Manuel Lara Hernández, Fernando y José Manuel Lara Bosch. Habían decidido que la Editorial fruto de la imaginación y el esfuerzo de un andaluz, elevada a primer plano por la imaginación y el esfuerzo de varios andaluces que la introdujeron en hogares, bibliotecas y centros de enseñanza, sólo saldría de Barcelona para instalarse en Sevilla. Así se expresó cuando el Ministro de Cultura le pidió que la trasladara a Madrid.
También lo dejó claro su sucesor, José Manuel Lara Bosch: si tenía que salir de Cataluña sólo sería para instalarse en Sevilla. Pero Sevilla está en Andalucía, ese territorio situado al sur, separado de la metrópolis por Sierra Morena, lugar donde han florecido el arte, la cultura, la ciencia, la industria “que cualquier día podrían reclamarnos si llegan a enterarse”. Y “si le quitamos a Cataluña las sedes centrales de sus empresas, para que queden obligadas a pagar en Madrid sus impuestos, no las vamos a mandar a Andalucía, para tener que quitárselas, también… en cualquier momento”.
Claro. En Andalucía no hay “veleidades” independentistas, dicen los de A.I., pero, “por si acaso”…, “no vaya a ser que”… habrá que prepararse. Las independencias crean estados más pequeños, no más pobres. No son más pobres Croacia ni Eslovenia, son más felices desde que no son yugoslavas. En todo caso quedarán más pobres las metrópolis centralistas, como le ha ocurrido a Serbia. Y eso es para temerle. Por quienes pierden lo que han saqueado. Para quien ha expoliado tanto, tener que reconocer el expolio, tener que reconocer la naturaleza andaluza de su cultura; que los museos de Madrid viven, en su mayor parte, del Arte sustraído a Andalucía, que hablan nuestra lengua y, para ocultarlo, inventaron esa burla burda a la verdad de “los andaluces hablan mal”; que nos dejaron sin industria y para disimular nos llaman vagos. Tener que reconocer la historia real de Andalucía y como, merced a la conquista, nos han quitado la tierra y el agua (lo que definía la base de la vida); todo eso debe ser duro. Casi tanto como la naturaleza facial de autoridades, escuela, medios y profesionales de la comunicación, que todavía, ante el innegable aprendizaje de nuestra habla, se justifican negando la verdad y, después de siglos acusándonos de hablar mal, ahora -no pueden ni saben reconocer de dónde aprenden- sin avergonzarse, dicen que el norte “copia” al centro la pérdida de la “d” intervocal. No es para reír; no recurrir a chistes sobre excremento líquido.
Cuantos han pensado en Andalucía han sido negados por la incompetente “autoridad competente”. De Cervantes se niega su indudable procedencia: de Alcalá la Real. A Bécquer se le tuvo como un poeta “psé”. Murillo fue “un buen” pintor, pero no tanto como… A Benjumea, Pumar, Carbonell, Rodríguez Acosta y otros muchos les “aguaron” sus iniciativas. ¿Es todo lo que debemos esperar de la “patria común”?