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Presentación del libro “Ibn Luyun: Tratado de Agricultura”, prologado por el rector de la UAL, Pedro Molina

Al acto, que tuvo lugar en el centro cultural de Cajamar, asistieron alrededor de 300 personas



Pedro Molina, rector de la UAL, acompañado por el consejero de Economía, Innovación, Ciencia y Empleo de la Junta de Andalucía, José Sánchez Maldonado, el secretario general de Agricultura y Alimentación de la Junta de Andalucía, Jerónimo Pérez Parra y el presidente de la Fundación Cajamar, Antonio Pérez Lao, presentó ayer la segunda edición del Tratado de Agricultura de Ibn Luyun, texto al que solo se le ha incorporado el prólogo escrito por Molina. El libro es una de las contribuciones que la Universidad de Almería ha querido hacer a la conmemoración del Milenio del Reino de Almería.

El volumen, el último tratado de agricultura en la España musulmana y uno de los pocos que han llegado completos hasta nuestros días, atesora un incuestionable valor científico e histórico y su edición por parte del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Almería quiere servir, por una parte y como explicó el rector, “como reconocimiento a la figura de Ibn Luyun, su autor, pensador moderno y preilustrado y, por otra, como homenaje a los hombres y mujeres que se dedican y se han dedicado a la agricultura y que, especialmente en Almería, han demostrado desde hace décadas una extraordinaria capacidad innovadora y un gran espíritu emprendedor”.

La lectura inicial del libro deparó, como primera sorpresa, señaló Molina, que ya en la primera mitad del siglo XIV se describiera por parte de su autor el uso de los cultivos en arena, los enarenados. La segunda fue la forma literaria en la que Ibn Luyun concibió este Tratado de Agricultura: un largo poema de 1.300 versos rimados del metro rayaz, dando lugar, probablemente, a la primera uryuza sobre agricultura en el mundo musulmán, es decir, el primer poema agrícola: un verso sencillo y popular -especie de pareados de carácter nemotécnico- para facilitar lo más posible los conocimientos agrícolas e informar sobre los procedimientos de los agricultores, seguidos y aceptados en al-Andalus.

Por qué la utilización del verso

La explicación de por qué –y no solo para qué- Ibn Luyun trató de compilar en verso y en un solo volumen toda la tradición agrícola musulmana hay que hallarla en el momento histórico en que está escrito este Tratado de Agricultura: en plena decadencia del reino nazarí, cuando las instituciones superiores de enseñanza ya habían entrado en declive y se había perdido el esplendor que, en épocas pasadas, había tenido el estudio de las ciencias en al-Andalus como indica con total precisión el historiador Ibn Jaldun.

En ese contexto histórico, encuentra razón de ser que el conocimiento científico, antes escrito en prosa o en prosa rimada y con descripciones demasiado pormenorizadas, se condensara ahora en versos de un estilo sintético y riguroso, que fueran fáciles de aprender y de memorizar por una sociedad rural mayoritariamente iletrada. “Ibn Luyun se sirvió de la tradición oral, convertido en el medio más utilizado a lo largo de los siglos para la transmisión de saberes y experiencias, para conservar y hacer perdurar un amplio bagaje de conocimientos contrastados y de buenas prácticas agrícolas más allá del olvido y de la desaparición de las sucesivas generaciones”, exponía anoche el rector de la UAL, Pedro Molina, ante un salón repleto de público. El acto de presentación del Tratado de Agricultura de Ibn Luyun contó con la presencia de cerca de 300 personas.

Ibn Luyun, andalusí almeriense (1282-1349), asceta, filósofo, jurista, matemático, poeta, alfaquí y maestro del granadino Al-Jatib y del almeriense Ibn Jatima, entendió que el lenguaje poético era el mejor vehículo para garantizar y difundir los conocimientos agronómicos y las prácticas agrícolas vigentes en al-Andalus de manera científica y rigurosa. Un lenguaje presidido por la claridad analítica, la precisión y la concisión. “Solo así”, señalaba Molina, “en aquellas condiciones adversas para el conocimiento” como las que se dieron en el periodo de la decadencia nazarí y de las que Ibn Luyun fue testigo directo, textos científicos como este Tratado de Agricultura tenían posibilidades eficaces para su divulgación. Para que se pudiese aprender, como dice el autor en su libro, “de una sola vez todo lo que un labrador puede llegar a saber a lo largo de su vida”.

Valor científico de la obra

Como señala Pedro Molina en el Prólogo, la definición que Ibn Luyun hace de la Agricultura en su Tratado puede considerarse modélica en el ámbito de la literatura agronómica hispano-musulmana de la Edad Media por la claridad y concisión con la que aborda su objeto de estudio y por la forma cómo la desarrolla. Así, el autor habla en su libro de los cuatro “pilares” de la agricultura, o como él mismo se refiere, de “las cosas necesarias para los cultivos” –por eso le llama también “fundamentos”- y cita las tierras, las aguas, los abonos y las labores. Son estos los elementos esenciales de la ciencia de la Agricultura y en ellos, dice el autor, se tiene que basar la actividad agrícola para obtener los resultados esperados en los cultivos.

Pero Ibn Luyun no se queda solo en la adecuada y correcta combinación de estos cuatro elementos sino que va más allá: en su Tratado se refiere también a la correlación entre el calendario agrícola y los diferentes climas, explicando que el ciclo anual de cada cultivo, sus variaciones y rendimiento, dependerá de la altitud, del lugar donde esté plantado y de las “costumbres de cada región”.

Precedente de los cultivos bajo plástico

En cuanto al contenido en sí de este Tratado, al resaltar la importancia histórica de la obra de Ibn Luyun, una parte destacada se debe a la descripción poco conocida –y ausente de la bibliografía especializada- del uso del enarenado para los cultivos y de técnicas de protección o abrigo de los mismos, precedentes de lo que, 600 años más tarde, serían los cultivos enarenados y los cultivos bajo plástico de todos conocidos.

Bien es cierto que ya en la antigüedad, en la literatura agronómica procedente de Mesopotamia, Grecia, Roma o el mundo musulmán, se había hablado de tierras areniscas y de la arena como categorías específicas de tierras, o de que las hojas de col colocadas sobre las sementeras, de manera parecida a la función de los túneles de plástico actuales, mantenían el calor del estiércol frente al frío, y que la esteras y cobertizos colocados en alto sobre las plantas, apoyados en palos de granados o en hojas de palmeras, las resguardaban de las heladas y del excesivo calor. Era conocido, por otra parte, que la orientación al mediodía, al sur, favorecía la captación del calor de los rayos solares y que ese calor se podía ampliar con algunos procedimientos, el más destacado de los cuales era el efecto refractario solar de las tapias blancas de los huertos. Se sabía también que la arena favorecía la absorción de nutrientes y el mantenimiento de la humedad esenciales para el desarrollo de las plantas.

Sin embargo, lo interesante es que, por primera vez, es en este libro donde se expone la utilización generalizada de estas técnicas, específicamente las del enarenado y las de protección y/o abrigo, con una finalidad concreta: el propósito explícito de adelantar las cosechas con el fin de obtener frutos más tempranos, forzando con estas técnicas el ciclo natural de los cultivos.

Ibn Luyun describe, por ejemplo, con una claridad meridiana y de forma gráfica y precisa, el enarenado utilizado en el cultivo de algunas hortalizas, de manera casi idéntica a cómo se generalizó posteriormente en el siglo XX en el sudeste de las provincias de Almería y Granada.

Los paralelismos entre las técnicas andalusíes de entonces y las de los invernaderos de parral son también más que evidentes. Así, en otro párrafo de este Tratado de Agricultura puede leerse: “Toda planta cuya fructificación se quiere adelantar, se sembrará en lugar muy soleado, junto a una tapia orientada al Sur y con la tierra cubierta de abono. Además, si la tapia es blanca y lisa, lo que se siembra brotará más pronto por causa del reflejo de los rayos solares que vienen por Levante. Cuando se teme el frío de las heladas, se cubren estas plantas tempranas con hojas de col, tanto antes como después de que broten. También se cubren con esteras de junto que alcen muy por encima de las plantas. En los frutos prematuros se da la granazón y abundancia pero también, con frecuencia, los accidentes”.

Ibn Luyun también prestó en su libro una especial atención a la escasez de agua. El autor, que nació en 1282 y murió en 1349 víctima de la epidemia de peste negra que asoló Almería en aquella época, vivió prácticamente toda su vida en esta ciudad y conocía los problemas de un clima semidesértico como el del actual sureste español. Ibn Luyun habla en su libro de otro tipo de aguas que no son las de lluvia, ríos, fuentes o pozos. Se refiere a las aguas impetuosas y a su utilización agrícola, algo que no había sido referido anteriormente por otros autores como Ibn Bassal ni tampoco por Al-Awan. Habla de “agua de corriente impetuosa…buena para la siembra pero muy perjudicial para los frutales”, en clara alusión, considero, a las técnicas de regadío de boquera de Almería, un sistema de origen medieval de gran importancia y relevancia en ríos como el Andarax o el Almanzora, en ramblas como las de Inox o Níjar y en todas las ramblas y ríos que desembocan en el mar Mediterráneo, próximas a la ciudad de Almería y en el Levante almeriense.

Con la realización de este Prólogo y la publicación de la segunda edición de este Tratado de Agricultura, se ha querido poner en valor el significado histórico-cultural de la obra de Ibn Luyun, destacándola como claro precedente andalusí de la nueva agricultura de enarenados e invernaderos. Y se ha querido también, como dijo el rector de la UAL, que sirva de “reconocimiento” a la propia figura de Ibn Luyun, “restableciendo la afamada consideración, admiración y prestigio que tuvo en su día”.
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