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Cuando los resultados electorales son tan claros, sorprende que los dirigentes políticos y sus equipos sean incapaces de saber leerlos, aunque claro, son los mismos que decían que si se repetían las elecciones era porque habían fracasado… y qué se puede esperar de unos fracasados…

El Partido Popular es el único que ha logrado subir en votos y en escaños, y hacerlo en todos sitios, mientras el resto han bajado en ambos factores y también todos los lugares; pues habrá que comparar qué mensaje tuvo uno y cual el resto. No se trata de interpretar qué han dicho los electores, sólo hay que leer, sin interpretar nada.

Partiendo de que en esta segunda campaña los programas no han sido lo principal ni mucho menos, y que los candidatos eran los mismos, la clave estaba en los pactos, en quién con quién.

Mariano Rajoy lo dejó claro antes y después. Su apuesta era una gran coalición con PSOE y Ciudadanos en condiciones que ya se hablaría. Claro, nítido.

Albert Rivera dijo antes de las de diciembre que apoyaría a la lista más votada, y luego pactó con el PSOE. Sus electores no sabían ahora qué sería de su voto, y lo ha pagado perdiendo 400.000 votos, quizá también porque quien dice que no hay que hablar de sillones sino de programas, no deja de hablar de sillones negándoselo a Rajoy y decidiendo él mismo quién puede y quién no, ser ministro, olvidando un pequeño detalle… los cinco millones de votos que le saca el PP.

Si lo importante no son los sillones si no el programa ¿Por qué Rivera no se sienta a hablar de programas y antepone el veto a determinadas personas?

Algo parecido le ha pasado al PSOE. Pedro Sánchez ha protagonizado otro de los desconcierto, ya que tras negar por activa y por pasiva que pactaría con el “populismo” y las “derechas”, pactó con la “derecha” de Ciudadanos e intentó hacerlo con el “populismo” de Podemos. Votar al PSOE era un acto de fe, ya que el elector no sabía si podría acabar haciendo presidente a Rajoy por mucho que lo negaran como habían negado antes otras cosas, o hacer presidente a Pablo Iglesias, o gobernar con Podemos, o con los independentistas… o quedarse en la oposición.

Quien como el PP ha jugado la baza de la claridad en los pactos ha sido Podemos, por lo que su fracaso no tiene nada que ver con este asunto.

Por un lado está el acuerdo con Izquierda Unida, que no ha logrado sumar ni un voto ni un escaño más de lo que tenían por separado. Podría simplificarse diciendo que los de IU no han votado a la coalición porque numéricamente el dato es ese, pero sería un error. Hay gente que votaba Podemos o IU y ahora no lo han hecho, como votantes de otros partidos o abstencionistas, que ahora sí les han votado. Pero el hecho cierto incuestionable es que no han conseguido nada.

Aquí también ha jugado en su contra la indefinición del propio Pablo Iglesias, que un día es bolivariano, otro comunista, otro socialdemócrata, y si nos esperamos un poco más y tras ver próximamente al Papa, democristiano. Como con acierto dijo de él Pedro Sánchez, para no usar chaqueta, hay que ver lo mucho que se la cambia.

A eso añádase que el socio que se buscan, Alberto Garzón, presume de comunista, por lo que de nuevo el votante no sabe qué vota, y más cuando la campaña la plantean entre corazones y sonrisas, como si el electorado estuviera infantilizado o directamente tonto.

Pero hay más razones para este fracaso –que lo es, porque no sólo no han asaltado los cielos, sino que tampoco han alcanzado al PSOE- como el centralismo de Podemos, cuyo secretario general pone y quita candidatos a su antojo, en el más puro estilo de la vieja política, y eso lo que provoca es que las agrupaciones (o círculos, da igual, todo es lo mismo) con personalidad propia no respondan.

Y por último, ya les conocemos. Hemos visto el nulo interés real por los temas sociales, en cuanto vieron la oportunidad de tocar poder se fueron directos a por el control del Estado, no del bienestar de la ciudadanía.

Más allá de eso, la evidencia es que uno ganó, y tres perdieron, y no parecería democrático que aquellos que han sido castigados por el electorado por mantener una determinada línea, se mantengan enrocados en eso mismo que les ha sido recriminado en votos.