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Marruecos, Marrakech... ensueño andalusí

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"Lo que no entiendes es lo que no es aparente, lo que está detrás de las cosas".
José Agustín.
No se debe despreciar un sueño. Cuando refulge en la noche más real que la propia vida. Si tus cinco sentidos te dicen que es más verdad. He tenido otra vez ese sueño, dentro de otro sueño... aterrador.
He visto en la inconsciencia de la noche a políticos de Sevilla, o a los enchufados por ellos, alojados en exquisitos palacetes ('riads') en la Medina de Marraquech. Duermen en pabellones elegantes, perfumados, en mullidos colchones. Y al mismo tiempo, en un espejo cóncavo pavoroso, se me aparecen los dos mil que pernoctan ateridos en la calle, entre cartones, en la ciudad de la Giralda, en invierno. Y entonces escuchó la voz de Sidi Ben Abbas, el santo patrón almeriense de la ciudad imperial a los pies del Atlas.
De nuevo aparecen en las brumas de la noche esos altos cargos que se lucen el resto del año en procesiones fingiendo devoción. Entre carcajadas devoran el cuscús de cordero con piñones y pasas, aromatizado con especias, tras salir del spa. Las viandas más deliciosas maridadas por caros caldos apenas quedan a medias. Sus ahítos buches nada tienen que ver con los de los cinco mil vecinos de Sevilla que a diario comen de la basura. En recurrente pesadilla siento su dolor en la penumbra nocturna. Y entonces escuchó la voz de Sidi Ben Abbas, el santo patrón almeriense de la ciudad imperial a los pies del Atlas.
Distingo sin poder salir de los dominios de Morfeo a esos hipócritas en sus suntuosas residencias turísticas, en la majestuosa villa almohade del califa Yacub Al-Mansur, con piscina climatizada, hidromasaje y hammam. Pero, ay, escucho el llanto inconsolable de los malnutridos niños en casas sin luz de Los Pajaritos, Amate, Polígono Sur, Emilio Lemos en Sevilla Este... me estremece el miedo infantil bajo la luna, retumba en mi pecho al lado de la Avenida de la Paz, en las calles Alberche o Alhambra. Y entonces escuchó la voz de Sidi Ben Abbas, el santo patrón almeriense de la ciudad imperial a los pies del Atlas.
Cuando aún no clarea el alba retozar entre delicadas sábanas de lino, morder con dulzura los pezones de la amada, acariciar con los labios un enhiesto narciso turgente, cálido, les resulta maravilloso al tiempo que se escucha el canto del almuédano desde la Kutubía de Marraquech, alminar gemelo del incautado a orillas del Guadalquivir por el Vaticano, como la Mezquita de Córdoba. Y me atraviesa el alma el sufrimiento de los desgraciados que han de rezar en almacenes y garajes, porque el Ayuntamiento hispalense les niega un lugar digno de oración en la capital de Andalucía... y la del rey-poeta Almutamid. Y entonces escuchó la voz de Sidi Ben Abbas, el santo patrón almeriense de la ciudad imperial a los pies del Atlas. Y no lo entiendo, ¿por qué a mi, más racionalista y librepensador que dado a impulsos místicos? Quisiera no escucharle. Y no puedo.
Me hacen temblar en un estado de semivigilia las palabras del espíritu inmortal de Sidi Ben Abbas de Almería, muerto en el exilio por no poder proyectar en este pequeño universo su inmenso anhelo de amor. Le oigo entre sollozos. Exclama con infinita pena: dar hospitalidad a los verdugos de los andalusíes sólo puede atraer a los que tanta inhumana crueldad consienten... el Horror.
Con pánico en ese momento despierto. Con la garganta seca, el vello erizado, con una sensación de tristeza. Fría. Honda. Las lágrimas quieren brotar de mis ojos. Y quiero convencerme con todas mis fuerzas de que sólo ha sido un sueño.
No, no se debe despreciar un sueño.