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49 muertos, y hasta la próxima

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Nos acostumbramos demasiado pronto

A todo

Cuando nos vomitan exceso

De información

(El Drogas)





Me contaba el catedrático de Antropología Social de la Universidad de Granada José Antonio González en una interesante entrevista sobre su libro “Al Andalus y lo andaluz”, que fue con la llegada al trono de Carlos V cuando el Mediterráneo dejó de ser un puente para convertirse en frontera, que hasta entonces, y desde que los medios lo habían hecho posible, el trasiego entre el sur de Europa y el norte de África era normal.

Ahora no es ni puente ni frontera, es sencillamente una inmensa fosa común rebosante de cadáveres.

Ahora no es ni puente ni frontera, es sencillamente una inmensa fosa común rebosante de cadáveres.

Que hayan sido 49 personas las que el mar se haya tragado de una vez no es ni más ni menos terrible que el goteo constante de muertes que se producen entre aquellos que sueñan con una vida mejor... incluso sólo con una vida... a este lado de la línea que divide el mundo.


Se hacen vigilias por estas 49 personas, que tenían ojos, corazón y vida, que tenían padres, madres, hermanos y hermanas, abuelos, tíos, que tenían pareja, amistades, vecinos, que tal vez estaban embarazadas, o tenían apenas unos años, nunca lo sabremos. Como tampoco sabremos las condiciones en que se subieron a su ataúd, ni qué pasó por sus mentes cuando comenzó la zozobra, cuando cayeron al agua, y poco a poco los fue engullendo a todos. ¿Para quién sería su último pensamiento?

Que hayan sido 49 de una vez no tiene más valor que el del impacto, el de que genere interés informativo, pero la tragedia es la misma que cuando es uno solo, y esa vida vale lo mismo que la de cualquier otro, incluso lo mismo que la tuya o la mía.

Pero el Mediterráneo no es el único cementerio sin lápidas, y parece que la comunidad internacional espera un drama similar a este para tomar conciencia de que a los refugiados hay que darle una salida -y quien dice una salida, dice una entrada- ya, que no se puede tener a la gente en mitad de la nada, y colocarles siempre al final de la lista de prioridades.

Podemos echarnos la culpa unos a otros de por qué han muerto 49 personas en el hundimiento de una barca de goma cruzando el mar de Alborán, o podremos buscar culpables cuando alguien nos de una lista con nombres y caras de menores caídos en manos de mafias mientras huían de la guerra de Siria, o podemos darle solución.

Podemos darle solución, o irnos a casa después de la manifestación pidiendo “ni un muerto más en el Mediterráneo” a esperar la siguiente tragedia que nos levante del sillón y por unos minutos, nos haga sentir como humanos.