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En busca de la democracia

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Han pasado más de cuatro décadas desde que un 20 de noviembre muriera el dictador Francisco Franco, y se abriera una ventana a la esperanza de ver España convertido en un Estado de derecho y demócrata. Por desgracia aún no es así. La Constitución del 78, la que nos tenía que traer la democracia, ha sido un verdadero fracaso en manos de los sucesivos gobiernos, siempre pensando más en el poder, que el los ciudadanos y la democracia.

La Constitución del 78 siempre fue una Constitución que debió nacer para crecer, ya que del modo que vio la luz, a la sombra del aún intacto aparato del “movimiento” era imposible dotarse de un verdadero texto constitucional moderno y progresista. La ilusión era comenzar a caminar por el sendero de la libertad, y poco a poco, ir desarrollando el texto hasta hacer del mismo la herramienta que permitirá el asentamiento definitivo de la democracia en España… aún estamos esperando se mueva un solo centímetro. Resultado, de vieja e inmovilista, es hoy inútil e inservible para los españoles.

Esta falta de democracia se ha ido siendo más evidente tal como se desarrollaba la sociedad española, que ha sido consciente del cómo, el texto constitucional, no daba respuestas a sus necesidades en cada momento. Los ciudadanos son testigos de cómo los dos partidos políticos del nefasto bipartidismo impedían el desarrollo constitucional.

Quedan pendientes grandes preguntas que nunca se hicieron al pueblo español:

  • ¿Monarquía o República?, esa pregunta de la que podría emanar el concepto básico del Estado con el que nos queríamos dotar. La monarquía actual, por el modo en el que llegó de la mano del franquismo, es una monarquía impuesta desde el fascismo y no, de la mano de la aceptación democrática directa por parte del conjunto de la sociedad española.
  • ¿Qué Estado queremos? ¿federal, confederal, centralista? Porque nos dotamos de un estado autonómico confuso, mal diseñado, con territorios inexistentes, ilógicos e imposibles, que a la vista está no solo no resolvió el problema territorial, sino que ha llevado al Estado a un callejón sin salida. ¿Se le ha preguntado en algún momento a los distintos pueblos que convivimos en la península si quieren, si queremos o no, pertenecer a España?

Dos preguntas básicas para dotarnos de un verdadero Estado aceptado por todos, que, al no realizarse nunca, nos ha llevado al momento actual en el que todo está en cuestión, y lo que es peor aún, en un ambiente de crispación y enfrentamiento creciente y preocupante. A falta de democracia, enfrentamiento.

La falta de democracia es tan evidente que, en estos momentos, nos enfrentamos ante el peligro, otra vez, de resolver las diferencias por medios no democráticos. Da la sensación que no aprendemos de la historia, que no queremos aprender de la historia, que no queremos, bajo ningún concepto, hacer uso de la herramienta de paz, libertad y concordia que es la democracia. Todo ello como resultado de, repito, unos gobiernos que nunca fueron ni quisieron desarrollar e incardinar la democracia en el conjunto del pueblo español.

Como resultado, dos modelos de España que, en estos momentos parecen cada vez más irreconciliables. Hemos elegido el insulto, la descalificación de la opinión contraria, el radicalismo sin sentido, y la nula, o total falta de diálogo…, dejar de lado la democracia, y campar por el campo del pensamiento único. Todo ello como resultado del miedo al uso de la democracia, al uso de la más eficaz arma contra la dictadura: las urnas.

Los gobiernos de PSOE y PP siempre han sido conscientes que la mayoría de las decisiones que tomaban eran contrarias al bien común de los ciudadanos y en contra de la opinión de los mismos. De esa certeza nace la negativa al a consulta popular. España es el país de Europa que menos consultas ha realizado al pueblo. Herencia clara y sin duda de la falta endémica de democracia que se ha padecido y se padece en España desde siempre. Se ha preferido continuar con la tradición absolutista, del despotismo ilustrado “Tout pour le peuble, rien par le peuble” o lo que es lo mismo “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo” heredado de la Monarquía absolutista del XVIII. ¿Preguntar al pueblo? No, bajo ningún concepto, pueda ser que digan que no y me toque dimitir. ¿Preguntar al pueblo? No, nunca jamás, bajo ningún concepto.

En contra de estos políticos actuales, el ejemplo de David Cameron, ex primer ministro del Reino Unido, que, en un ejemplo heroico del ejercicio democrático, se atrevió a consultar al pueblo de Escocia si querían seguir formando parte del Reino Unido o no, y a continuación, atreverse a consultar al pueblo Británico en su conjunto si querían continuar formando parte de la Unión Europea o no. En esta último triunfó la opción contraria a la que él defendía, y llevó la democracia a la cumbre de la misma, con el acto más honesto y honrado que existe en política democrática: dimitir. Ahora analice y comparen con lo que sucede en España.

Bajo este estado en el que, a modo de MATRIX, nos hacen creer vivir en una democracia virtual, muy alejada de la realidad, los poco o nulos demócratas políticos españoles actuales, continúan sin ser conscientes, quizás o es que no quieran, o no tienen la capacidad para ello, están llevando al Estado al fracaso, a un Estado fallido e ineficaz. A un punto de inminente peligro de enfrentamiento social sin retorno. Si ello ocurre, será su única responsabilidad y no de los ciudadanos que, ya muy cansados de tanta ineficacia y falta de libertades fundamentales, comienzan al saltar y buscar alternativas civiles, pacíficas, basadas en el dialogo y la tolerancia, para juntos, y de espaldas a los actuales gobernantes, que nos evite el enfrentamiento y nos unan en torno a la paz y la democracia.

Recordar en estos momentos un texto fundamental de la carta de declaración de independencia de los Estados Unidos que dice “ostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad” o bien en el derecho a la resistencia que fue incluido de forma explícita en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) de la Revolución francesa, pero que se encuentra más desarrollado en el artículo 35 de la que se redactó el 24 de junio de 1793: “Artículo 35. Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada una de sus porciones, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes”.

No es de extrañar que, por tanto, podamos entender que, el pueblo de la actual España, compuesto por ciudadanos de las distintas naciones históricas, cansados de tanta falta de democracia, de tanta falta de atención a sus necesidades democráticas, a la falta de derechos y libertades fundamentales, comience a mirar en los derechos humanos reconocidos en todas las cartas fundamentales a nivel internacional, la alternativa de la desobediencia civil como arma legal y democrática, para abolir el gobierno que nos limita en nuestros derechos, e instituir un nuevo gobierno que se funde en los principios democráticos y de libertad exigidos, para organizar sus poderes en la forma que al juicio de la mayoría del pueblo, ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad, o lo que es lo mismo, alcanzar de una vez por todas, un Estado democrático y de derecho que, en base al derecho a decidir de los pueblos, se organice tal y como elijan los ciudadanos.