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La España tocina

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Por mucho que aquellos ilustres andaluces dejaron escrito en el Manifiesto por la Nacionalidad (Córdoba, 1919… pero no lo busquen, a pesar de la referencia en el Estatuto de Andalucía de 2007, ni una línea en los libros escolares… el silencio también es adoctrinamiento) que “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España, la cual va a desvanecerse como una sombra antes de que concluya este instante solemne de la vida mundial”, la verdad es que la vieja España está ahí, y huele, a rancio.

Parecía que la nueva España, la España nacida de la Constitución de 1978 tras la muerte del dictador Francisco Franco solo tres años antes, estaba asentada tras “desvanecerse como una sombra” la vieja, pero no, a la menor oportunidad de asomar la caspa, ahí la tenemos, con su antagonismo y su supremacismo militantes. La tenemos ahí mismo, y en cuando ha podido, ha asomado los bigotes de rata famélica, contagiando la peste a quien la roza, extendiendo la epidemia de la intolerancia homegenizadora.

Están desatadas en esta España tocina de Casa Pepe a la que estamos regresando, por mucho “Despeñaperros, bastión inexpugnable de la libertad” que dejaron escrito nuestros paisanos federales en 1873 (no, esto tampoco lo busquen en los libros escolares de Andalucía aunque venga en el Estatuto… ocultar también es adoctrinamiento).

Aprovechan el legítimo derecho de los nacionalistas españoles a defender la unidad territorial que contempla la Constitución, el legítimo derecho a alzar la bandera constitucional, e incluso el legítimo derecho a tararear el “na, na, na…., nananana….” para infiltrarse en sus manifestaciones brazo en alto, con consignas fascistas, racistas, xenófobas, cargadas de odio al diferente, pero nadie les echa, nadie le expulsa, como si su pestilencia no molestara. Ellos son de lo que aquel Manifiesto también reclamaba declararse "separatista" porque "nos descalifica ante nuestra propia conciencia y la de los pueblos extranjeros".

Ellos son de lo que aquel Manifiesto también reclamaba declararse "separatista" porque "nos descalifica ante nuestra propia conciencia y la conciencia de los pueblos extranjeros".


Creíamos que aquella España de alcanfor había muerto, pero no, es la España eterna, o eso dicen ellos, y claro, si España eternamente va a ser así, no extraña que cada cierto tiempo surjan tensiones territoriales, porque cualquiera que mire al futuro tiene la necesidad vital desgajarse de ella.

Ellos son precisamente el problema de aquellos que, en Cataluña por ejemplo, sienten pudor a reconocerse españoles, porque les da vergüenza que les miren como si llevaran una camisa azul y el cráneo rapado de cerebro. Ellos son el problema por el que aún hoy en día se asocia España al franquismo, ellos son los que mantienen viva a España como concepto político-social añejo, involucionado.

Es esa España uniforme y de uniforme, esa España que solo se puede sentir y vivir de una forma, esa España que solo puede ser católica porque lo ha sido desde antes de que naciera Jesucristo, esa España que hablaba castellano antes de existir Castilla, esa España en la que se gritaba “vivan las caenas”, esa España de “muera la inteligencia”… ese es el nacionalismo español rancio, el que borbotea en el fondo de la cueva, el que hierve en la oscuridad, pero que ahí está.

Esa España parecía muerta en favor de una España moderna, capaz de mirarse al espejo y reconocerse diversa y plural, capaz de hacerse un traje con elastano para adaptarse a todos los cuerpos sin romperse, pero pudiera ser que esa España nueva de 1978 en realidad solo fuera un disfraz, y por eso, cuando surgen los problemas –los nacionalismos no españolistas, la inmigración, el desempleo, el terrorismo…- no pone demasiados reparos a que el tocino asome.