B.T. La ignominia, como todos los desastres morales, necesita ser continuamente aventada para no quemarse en la ceniza fría de sus contradicciones. La imagen de unos ancianos llevados a un pleno con la nada edificante misión de servir de pantalla de protección ante las protestas de unos trabajadores previsiblemente cabreados, forma ya parte de la secuencia de escenas bochornosas con que la clase dirigente de El Ejido parece celebrar cada comienzo de década. Pero lo de los adolescentes de las Juventudes del PAL enviados al mismo pleno para arropar a su cúpula directiva es, casi, peor. Jubilados engañados e impúberes esquiroles. Como para tener fe en la reciedumbre de la raza. Y el estrambote, esta vez en forma de oxímoron: que haya que denunciar la falta de vergüenza ajena destapando la propia. Por eso, sobre todo tras el metafórico llamamiento al alzamiento en armas, qué mejor que ilustrar el episodio con el fondo musical del “Ça ira”, el verdadero himno revolucionario (ensombrecido por esa ramplona marcha militar conocida como La Marsellesa). A la postre estamos hablando de “sans-culottes”, literalmente “sin calzones”.
Las virtudes del aireo
(aunque sople del Poniente):
ponen la cosa caliente
y a cada uno en su seo.
Que la podre huele mal y flota
lo sabe ya todo el mundo,
hasta el que se quedó en gayumbos
gritando “nos dejáis en pelota”.
Allá fueron los “guindillas”,
acá volaron las tortas,
y al que reparte la tarta
una caña y dos tortillas.
Que aquí para pedir fueros,
los sufridos currelantes
tiene que tirar p’alante
y quedarse medio en cueros.