ISSN 1989-8630 ** Edicion 848::    
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OPINIÓN
La columna de hoy se titula “La perplejidad de la elección”. Si no les parece demasiado críptico comenzar así tras el desvelado sumario del “Caso Poniente”, entonces podemos continuar.
El término es pertinente porque quizá sea el único capaz de abarcar las dos partes de la trinchera. A un lado, los imputados e incluidos que todavía disfrutan del sol al aire libre, y sobre todo los concernidos, de quienes nos llega, sobre todo, su silencio atronador. Esos Martín Soler, Diego Asensio, Juan Antonio Segura Vizcaíno, Luis Pizarro, Miguel Corpas, Francisco Amizián, José Manuel y Juan Antonio Gómez Angulo, Luis Pérez, Ignacio Berenguel, José Antonio Amate, Demetrio Carmona del Barco, y otros más que ahora no recuerdo y-no-me-voy-a-levantar-a-mirarlo, más sus respectivas cohortes, han hablado porque no han abierto la boca. Enfrente -a veces sólo de forma especular-, la clase periodística que, con tan honrosas como raras excepciones, ha confundido la catarata con el río. Ahí se nota la falta de músculo de una profesión acostumbrada a sestear y que, de pronto, ha pasado de la anorexia a la bulimia. Hablo de periodistas, no de esa especie adosada cual apósito a los centros de poder y que tan fielmente aparece retratada en lo que hasta ahora conocemos del sumario, tan ajena a la profesión como el talento a su bagaje. Bien, pues todos, desde los que maquinaban contra un sindicalista para matarlo civilmente, hasta los que agredían moral y verbalmente a los pocos periodistas que se les resistían, pasando por los que se sumaban de mejor o peor grado, pero se sumaban, a la cacería, todos, tuvieron un momento en que pudieron elegir. Y en el cruce de caminos se toparon con esos compañeros ( ¡esa compañera!), que sufrieron las invectivas y los insultos, el chantaje o el soborno, ese funcionario que no quiso sumarse a la infamia, o ese otro que hizo justo lo contrario de lo que se le pedía, o los otros, que mantuvieron la decencia. Casi podemos imaginarles, en ese momento supremo, sintiendo el mismo vértigo que sus verdugos. La perplejidad, esa tenue aprensión que nos advierte de lo irremediable, parpadeó un instante. Y entonces ellos eligieron el camino pedregoso. Esa es su grandeza.
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