Con lo previsibles que somos los periodistas, resulta curioso comprobar el escaso juego que ha dado el evidente paralelismo temporal entre la defenestración de Martín Soler y el calendario litúrgico; con un pie todavía en Cuaresma y a las puertas de la semana de pasión. Ateo confeso (el agnosticismo no pasa de ser un acné juvenil), reivindico sin embargo el estudio de la historia llamada “sagrada” por los adeptos. Sólo así es posible trazar correlatos como el que aquí viene a cuento. Porque si bien es cierto que Soler tuvo sus palmas ( y loas mediáticas) dominicales, y a continuación el llanto y crujir de dientes con su ‘descensus ad inferos’, no debe olvidarse que en el relato original, finalmente, se produjo una resurrección. Puesto que hablamos de quejidos, nada más apropiado para la banda sonora que esta saeta que percutía más que soplaba el gran Miles Davis.
Ya se oyen los claros clarines,
no es Darío, ni cortejo, es procesión.
Tras la semana de muerte y pasión,
¿quiénes quedan de paladines?
Pasó ya el Domingo de Ramos
de enhorabuenas y abrazos,
de “dales fuerte con el mazo”
y “lo bien que lo pasamos”.
Ahora es tiempo de zozobra,
que las cañas tórnanse lanzas,
y vacías las gruesas panzas
del que no trabaja y cobra.
Mas no olviden la lección:
tras el entierro y el llanto,
al retirar de la tumba el canto
cantaron: ¡Milagro, resurrección!