ISSN 1989-8630 ** Edicion 848::    
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OPINIÓN

Uno de los bocados más apetecibles de cuantos ofrece el suculento menú de nuestro literario Siglo de Oro lo suministra la picaresca, gozne sobre el que pivota nada menos que la fundación de la novela en Occidente. Que la celebración de las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro coincida con las últimas ráfagas salidas de los inflados carrillos de Eolo en su ocaso demuestra que al azar le gusta demorarse en los detalles. Y ya puestos más culteranos que conceptistas les propongo el siguiente ejercicio: yo pronuncio el nombre de alguna de las obras que se programan dentro de esta edición de las Jornadas y ustedes buscan por su cuenta la correspondencia en esa farsa con morcillas de tragicomedia conocida como ‘Operación Poniente’ . Por ejemplo, ¿quién sería “La Patrañuela”, una pieza que se estrena el próximo jueves? ¿O a qué aspecto del sumario sería aplicable lo de “Esconded las gallinas”, un montaje sobre varios autores clásicos? ¿ Hay algún personaje aficionado a salir por la radio al que cuadre “Y los entremeses se vuelvan loas” ? ¿Y quién sería “El rufián cobarde”, esa obra de Lope de Rueda llevada al radioteatro (y gracias por seguir nuestra estela)? No hay que ser muy perspicaz para encontrar una vinculación con “Volpone o el zorro”, sobre todo teniendo en cuenta que uno de los personajes atiende por Corbaccio o Cobracco, que existen las semejanzas fonéticas y que, en suma, se trata de un avaricioso. Más hay que afinar para hallar el encaje en el montaje estrella de esta edición, el Ricardo III de Shakespeare. Recuerden que el último York ha pasado a la historia, a parte de su gusto por la sangre siempre que fuera ajena, por pronunciar la frase –‘Mi reino por un caballo’. Aquí sólo tenemos una burra, y además enterrada sin honores, pero es que siempre ha habido clases.

Nota Bene: La música más pertinente para ilustrar los siguientes cuartetos corresponde, naturalmente, a las propias Jornadas. Hace dos años, en el 25 aniversario, el todavía incombustible Antonio Serrano encargó a Juanma Cidrón una música conmemorativa. El trabajo se llamó “…de la sombra y de la espuma…”, una remembranza de Calderón. El concierto, inolvidable, tuvo lugar en el Convento de las Puras. Nunca un theremin se modeló de forma más modulada ( ya que, en puridad, es un instrumento que no se llega a tocar físicamente), ni un teclado tañó tan libre. Pena que un error infantil impidiera su grabación (y pena también que la soprano no tuviera su día). Meses después, el trabajo era grabado con algunos de los brillos del concierto original. Si preguntan donde deben, todavía se puede conseguir.



Áurea era,
creyeron algunos.

Ceros por unos
y miel sin-cera.

Los más agudos,
en cuanto suena
la bolsa ajena,
tórnanse mudos.

Y los fantoches,
sastres y palcos,
Bollinger y desfalcos
días y noches.

Quevedo bien lo dijo:
“El alguacil, alguacilado”,
al comienzo muy osado,
y al final, un sufijo.

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