Uno creía que la era de los descubrimientos había quedado atrás. Craso error. Cierto que las fuentes del Nilo ya han sido desveladas, pero quién dijo que las hazañas tengan que ser irrealizables para ser emprendidas. Y si el Zambeze y el Limpopo quedan a trasmano, pues se recurre a los amables perfiles de lo cotidiano. Así puede llegarse a la conclusión de que quizá merezca la pena embarcarse en la más doméstica operación de reivindicar, qué sé yo, el nacimiento oficioso del río Guadalquivir, por ejemplo. A lomos de una teoría que estaba llamando a gritos alguien que la encabezara con entusiasmo, el senador Diego Asensio se ha mostrado dispuesto a presentar batalla por el origen almeriense del transversal ( y espero que sostenible) río, dando así un valeroso paso adelante al no temer cuantas chanzas, burlas e incomodos le acarree el asunto.
Nota bene: El título de la columna es una deuda con aquella película protagonizada por el insípido Hugh Grant, “El inglés que subió una colina pero bajó una montaña”, de la que he extraído, además, la música que sirve de fondo.
Sólo espero que los vecinos de Las Cañadas de Cañepla no imiten a los galeses del film, o mejor sí, qué demonios, y metan medio Mediterráneo en tan remoto paraje.
El almeriense que remontó un regato
pero bajó un río,
no se hizo con ‘eso’ un lío,
ni patinó como un pazguato.
“Bien saldrás en los papeles,
reseñas y noticiarios,
semanales y diarios,
en las radios y en las teles.”
Deslumbraron así a Don Diego
asistentes y asesores,
pelotas y aduladores,
hasta convertirlo en ciego.
Y ahora, entre mal y sinvivir,
triste niño del lebrillo,
con un humilde pocillo
vaciar quiere el Guadalquivir.