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ISSN 1989-8630 ** Edicion 1198::    
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Javier Aureliano García
Secretario General del Partido Popular de Almería


El bochorno al que nos conduce nuestro presidente de Gobierno no tiene límites ni fronteras. Ahora, a la vergüenza de ver que la política económica de España se decide entre Bruselas y Washington, tenemos que añadir el penoso espectáculo de ver que el señor Zapatero es objeto de chuflas diplomáticas impensables en otros tiempos y con otros presidentes.

Zapatero acudió a Roma para entrevistarse primero con el Papa Benedicto XVI y luego con Silvio Berlusconi. Según las normas de protocolo que el señor Zapatero desconoce o desprecia, porque él es un enviado especial del más allá del progresismo planetario, un presidente o jefe de Estado no debe reunirse el mismo día con el Papa y con el presidente de Italia porque resulta poco delicado y resta trascendencia al encuentro con el Pontífice. Pero como Zapatero es muy moderno, muy progre y muy rojo, está por encima de esas convenciones obsoletas y decidió visitar al presidente Berlusconi después de ver al Papa. Cuando el presidente italiano conoció el feo e inusual gesto de nuestro indocumentado presidente, abandonó la rueda de prensa que estaban compartiendo, como gesto de respeto diplomático a la cabeza visible del poder en el Estado Vaticano. Sin ambages, sin dudas y sin perder la sonrisa, el presidente italiano aseguró ante la prensa que Zapatero venía bendecido como un santo por su reciente entrevista con el Papa y que les dejaba allí con él. Dicho y hecho: Berlusconi abandonó su atril y dejó a Zapatero colgado de la brocha delante de los periodistas. Las imágenes del presidente Zapatero desconcertado, incrédulo, perdido y sólo ante la prensa enlazan directamente con esas otras imágenes en las que los traductores tenían que acudir a su rescate, ya que era el único presidente que no hablaba inglés en una reunión de la Comisión Europea. Francamente, no creo que haya habido un presidente comunitario más incapaz y menos representativo de nada ni de nadie. El único problema es que ese penoso, pasmado y poco presentable señor es el presidente de mi Gobierno y de mi país. Qué vergüenza y qué pena más grande.

Ningún español puede sentirse bien cuando ve que su presidente es humillado, ninguneado y tomado a chacota ante la prensa de media Europa. Sin embargo esto es lo que hay. Y lo peor no es tanto su penosa y patética imagen, sino su abrumadora vaciedad, porque la entrevista con el Papa no tenía más sentido que ir a contarle a Su Santidad lo bien que va la Alianza de Civilizaciones y las, según Zapatero, magníficas relaciones entre su Gobierno y la Iglesia Católica. ¿Le hablaría de su empeño por convertir el aborto en una especie de trámite estético para adolescentes? ¿Le contaría su determinación de eliminar cualquier rastro de la religión católica en la enseñanza pública? ¿Le explicaría las razones que le han llevado a cargarse una tradición milenaria como la del Corpus Christi?
Al margen de los planteamientos o preferencias políticas de cada cual, resulta extremadamente complicado defender la idoneidad del señor Zapatero para un cargo que, como ha demostrado cumplidamente, le viene demasiado grande. No olviden que Zapatero pasó de ser parlamentario culiparlante a la más alta magistratura del Gobierno, y claro, eso acaba evidenciándose más pronto que tarde. Si uno de sus más íntimo y poco veraces colaboradores, el ministro Rubalcaba, acuñó para la Historia aquella frase de que los españoles no se merecen un Gobierno que les mienta, creo que podemos dar la vuelta a la frase del poco sincero ministro del Interior para asegurar tan solemnemente como él hizo en su día, que los españoles no nos merecemos a un presidente que nos haga pasar bochorno dentro y fuera de nuestras fronteras.
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