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Pepe Añez amenaza con llevar a los tribunales al portavoz de la oposición (PP) por acusarles “sin pruebas” de sistemático saqueo de las arcas municipales… sin comentarios.
Por su parte, Juan Enciso pide “respeto” en apelación a su inocencia respecto de las pruebas que le imputan en la Operación Poniente; y, miren, que se apele al principio de inocencia hasta que se demuestre lo contrario, pase. Que se pida prudencia en evitación de juicios paralelos, pase. Pero que se exija respeto por parte de alguien que ha trasgredido todos los límites mínimamente exigibles a un regidor de la res pública… no tiene pase.
En cuanto a los delitos imputados, cabe esperar la acción de la Justicia. Respecto del respeto, se le tiene a las instituciones; y se le retira a los que no lo merecen o lo han perdido.
El respeto no es automático e inherente al cargo: más respetable es el porquero por decir la verdad que Agamenón por acreedor de poder y gloria.
La apelación al respeto, confinada en autarquía, demuestra por el demandante sus ansias de recuperarlo por procedimientos adyacentes. Nadie que se sabe respetado por ejemplarizante ejercicio de su autoridad reclama con insistencia lo que se tiene por demostrado.
El respeto no lo otorgan las urnas ni lo repone un tribunal de justicia; es libre decisión de los ciudadanos en base a percepciones, convicciones, gestos, traiciones, evidencias…
Se puede -y se debe- mantener el tratamiento y respeto inherente a los cargos públicos electos y designados en democracia, pero eso no quita que un excelentísimo o ilustrísimo sea un perfecto chorizo.
Un ciudadano de El Ejido que haya percibido el sistemático deterioro en la reversión de sus impuestos; o que vea el sorprendente tren de vida de sus “ejemplares dignatarios” públicos; o que observe las perversas volutas políticas de pactos encubiertos, tránsfugas sin escrúpulos, silencios complacientes y hordas de arrimados en formas de asesores y otros sisadores del erario público… así no puede pedir respeto.
Creo que, por mucho que se reclame, no se debe conceder respeto a quien lo ha perdido. Y conste que el respeto no se pierde por descuido o inferido por interesada e insidiosa mancilla. La Justicia puede reponer inocencia, honor y bienes. Sin embargo, el respeto lo construye y lo destruye quien una vez lo tuvo y, por su proceder, lo perdió.
Así que, en apelación a la Justicia, confianza en ella y prudencia. En cuanto al respeto, ninguno.