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ISSN 1989-8630 ** Edicion 1199::    
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Lejos de encontrar soluciones a los problemas de fondo nos enzarzamos en la batalla de las formas.

No creo que los problemas latentes se solucionen o agraven en función de la gestión de una carga policial para impedir el asalto al Congreso. No obstante, y a falta de otras soluciones más imaginativas, patriotas y sensatas, se fija el foco en la contundencia con que la Policía repele una “manifestación”. Por cierto, esa llamada manifestación no es otra cosa que un acto de gravísimas consecuencias, tanto en su génesis intelectual como en su desarrollo práctico, pues ningún gobierno que arbitre con responsabilidad un estado de derecho puede consentir atisbo alguno de injerencia, disturbio, alteración, vulneración… de la Cámara representativa de la voluntad democrática atenida a toda la legitimidad que le otorga la decisión libre de los ciudadanos y regulada por el marco constitucional. A todo acto que intente derrocar y violentar los esenciales pilares de la convivencia establecida hay que aplicar la máxima energía de repulsión. No caben argumentos revolucionarios, románticos y utópicos conducidos por el camino de la revuelta y la algarada; mucho menos por la invasión sistémica de virulentas corrientes radicales e intereses sectarios.

Es lamentable que, aprovechando la oportunista sinergia, dirigentes políticos de la oposición defiendan y justifiquen acciones sediciosas recurriendo a trasnochadas represiones franquistas. La Policía acaba de realizar uno de los trabajos más complejos, responsables y trascendentales de los últimos tiempos. Imaginen por un momento que la Policía hubiese sido sobrepasada por las turbas y se hubiese alcanzado el objetivo previsto por la revuelta; o sea, invadir el Congreso y echar a patadas a los diputados. Hoy ya no estaría pidiendo la dimisión de la delegado del Gobierno en Madrid; habría otra manifestación exigiendo la dimisión del Gobierno o intentando invadir La Moncloa. Las críticas de los Cayo, Rubalcaba, Llamazares… ya no se orientarían hacia la agresividad expresada en las cargas policiales; muy al contrario, se pondrían todos muy adustos y solemnes apelando a las libertades constitucionales violentadas por la irresponsabilidad e incapacidad de un Gobierno declarado inútil para preservar la convivencia pacífica y el crisol de la democracia.

La Policía asusta e incomoda precisamente a los que vienen a asustarnos e incomodarnos. Indudablemente comete errores y excesos; que, de haberlos producido, espero sean depurados con rigor.

Todas las quejas de “mucha mucha policía” son protagonizadas por los sectores violentos que prefieren menor resistencia a sus maliciosas pretensiones. Ningún chorizo desea la presencia de una patrulla durante la comisión de un delito.

Recientemente, los de Sánchez Gordillo se quejaban de eso mismo en Almería; y la marcha del SAT, por mucha “inteligencia” aplicada, se habría desarrollado con los resultados conocidos sin el acertado concurso de una nutrida y disuasoria presencia policial.

Atrás dejo la pésima imagen transmitida –ahí están los datos de la prima y el Ibex- y la desazón interna instilada con argumentos sediciosos y secesionistas.

Sólo puedo aconsejar la lectura de “Miserias de la guerra” de Pío Baroja. Un relato guerracivilista que actualiza un escenario pletórico de incultura, irracionalidad, radicalismo y violencia que desembocó en la Guerra Civil. No es el caso, espero y deseo; pero existen inquietantes coincidencias.
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