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Remendar municipios

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Cuando en los medios comunicación se habla de mayoría silenciosa como argumento para rebatir a quienes exponen públicamente una opinión, o una crítica si es el plano político actual, tan poco dado a lo constructivo en estos últimos tiempos, me vienen constantemente a la cabeza esas tareas silenciosas que se hacen los ayuntamientos, desde el último técnico hasta la alcaldesa más atareada, y que generan una enorme satisfacción pese a que no son tareas que ven la luz, nunca llegan a titulares en prensa, -un medidor de eficacia gestora que nunca acabaré de entender-, pero que te aportan mucha más recompensa que cualquier otra acción porque ese gracias que no dice, ese gesto de sincero confort por haber logrado un escenario de seguridad es, en mi opinión, ese aprobado silencioso que te dan la mayoría de tus vecinos y siempre vienen de la mano remiendos, arreglos de descosidos que heredas de gobiernos anteriores, y ya sé que las alcaldesas siempre nos quejamos de que sólo heredamos deudas problemas sin resolver de los anteriores gestores, pero mi pueblo se llama Níjar y aunque es grande nos conocemos todos, y todos sabemos el terreno que pisamos y si algún atina de la política lo ha hecho recientemente o no.

Imaginen como ejemplo y en una muestra rápida, que en su pueblo no hay gasolinera y que el alcalde de turno, años y años atrás consigue convencer a un empresario para que instale una. Obviamente cuando se habla de convencer a un tercero desde un ayuntamiento conlleva un coste y, en ese caso, como en la mayoría, la única moneda de cambio que tenemos es suelo para servicios públicos. Pasan los años, termina el tiempo de concesión y nadie se acuerda entonces de que tiempo atrás fue el ayuntamiento quien acudió a ese señor o empresa a pedirle el favor de la gasolinera. ¿Le dejamos tirado ahora que hay otras en el entorno? En mi caso, como soy de izquierdas, no tengo ni que escribir la respuesta, así que un remiendo.

Pero vayamos a remiendos mucho mayores. Níjar es eminentemente agrícola y ésta es una actividad que obviamente genera residuos, muchos residuos. Pues bien, desde el 2004 veníamos arrastrando la inexistencia de un acuerdo firme, cerrado y que garantizase la retirada reglada y por derechos propios de todo aquello que sale de los invernaderos y no se vende en los mercados. Para una persona ajena al campo puede parecer algo banal, pero no pueden imaginarse la crisis que generaría no tener una salida garantizada para esos excedentes. Lo primero es que hablaríamos de montoneras en cualquier parte, pero a partir de ahí y con las condiciones climáticas de esta bendita tierra, que son las mismas que hacen fuertes nuestros cultivos bajo plástico, pasaríamos a la superpoblación de insectos de todos los colores y tipos. Y sí, claro, una incomodidad para la población, pero se da la particularidad de que las más de 5.000 hectáreas de invernadero que tenemos en producción lo hacen bajo el modelo producción ecológica, es decir, que nada e productos para matar bichos. Si esas plagas generan daños en las campañas de cultivo obviamente el agricultor no gana dinero ¿y qué ocurre en primer lugar? Que los trabajadores que dependen de ello se van al paro, disminuye el consumo, etc…

Si quieren seguimos hablando de basura, o quizás sea mejor que lo hagamos de irresponsabilidad, pero yo prefiero hablar de remiendos municipales, de esos que no se ven pero que cuando se convierten en roto y dicen que aquí estoy, es cuando nos acordamos todos del ayuntamiento, del infinito y de más allá.

Casi catorce años después Níjar tiene su propio convenio que, por derecho, le garantiza mantener una piedra angular de su modelo económico, al igual que una gasolinera antaño lo era para los habitantes de la Villa de Nïjar, aunque yo particularmente crea que a día de hoy también lo es y que nunca debieron dejarse en el aire ni una cosa ni otra porque no se trata de acciones, sino de consecuencias.