ISSN 1989-8630 **
1 de octubre de 2020, 9:00:11
Opinión


Preguntas de hoy ante un sueño del ayer

Por Joaquín Arnalte Fortes






La pandemia del COVID-19 ha puesto al descubierto la decadente “normalidad” del mundo del ayer. La globalización, que parecía estar por encima del devenir de la propia humanidad, hoy grita a los cuatro vientos la necesidad de ser reconstruida. Y me pregunto: ¿qué es lo que merece ser reconstruido, para qué y sobre las espaldas de quién? ¿Podemos permitirnos el lujo de seguir instalados en la fantasía del mundo del ayer, o afrontamos los cambios necesarios para construir un mañana con mayor seguridad, salud y bienestar sin dejar a nadie atrás?

En el mundo globalizado los retos y las amenazas también son globales, requiriendo, por consiguiente, respuestas comunes y coordinadas. No obstante, la globalización de la economía ha mostrado su ineficacia y perversión, abandonando a cada país a su suerte, mostrando las vergüenzas propias y ajenas e incapacidad para proteger a la población. De hecho, la solidaridad ha estado al margen de los grandes capitales y mercados, por no hablar de la ausencia de coordinación y cooperación de los organismos internacionales como la ONU y la UE. ¿Quién necesita rescatar a una economía que no protege la vida? ¿Una economía que contamina y genera precariedad e incertidumbre? ¿Será el momento de la descentralización de la producción mundial y el fortalecimiento de circuitos cortos para poner vida en el centro de la cuenta de beneficios con criterios de equidad, solidaridad y sustentabilidad?

La crisis sanitaria y económica no es una “catástrofe natural”. Las mutaciones históricas del capitalismo han costado más de 200 millones de muertos (I y II Guerra Mundial). Mucho dolor y sufrimiento que en esta ocasión nos ha llegado en forma de infección expandido por un modelo económico depredador que socava los equilibrios básicos de la naturaleza, acelerando e intensificando sus consecuencias: gripe avial, peste porcina, los coronavirus del Sars y Mers, etc. Por lo mismo, la mejor vacuna frente a los patógenos, más allá de la emergencia sanitaria, es el cuidado de la naturaleza, el equilibrio de los ecosistemas y la biodiversidad, puesto que de ello depende que los virus, bacterias y hongos impacten en nuestra salud en mayor o menor medida. ¿Estamos dispuestos a rescatar la naturaleza? ¿Vamos a adoptar las medidas del Acuerdo de París para frenar el Cambio Climático? ¿Nos vamos a conformar, una vez más, con el cuento de que no nos lo podemos permitir, y que toca de nuevo socializar pérdidas económicas y ecológicas con la máxima del “todo vale”?

Afrontar los escenarios posteriores a la pandemia exige una profunda reflexión política y social. El virus nos ha impactado con independencia del origen, raza, sexo, religión y opinión de las personas, aunque las condiciones laborales, sociales y de género sigan diferenciando la calidad de la respuesta individual a la pandemia. A pesar de ello, la población ha reaccionado colectiva y solidariamente con contundencia ante una realidad que ha puesto de manifiesto nuestra mutua dependencia, así como la necesidad de poner los cuidados como primer bien de interés general. La sanidad pública ha mostrado ser, indiscutiblemente, un servicio fundamental, supliendo su estado de precariedad con la entrega y profesionalidad de su personal, quienes se juegan la vida, poniendo en riesgo la de sus familiares y seres queridos. ¿Nos conformamos con este estado de las cosas o blindamos los servicios públicos comenzando por la sanidad?.

Otros sectores básicos para el mantenimiento de la vida como la alimentación, transportes, empleadas del hogar, personal de la limpieza, de supermercados, etc han corrido una suerte similar, cuyo esfuerzo colectivo ha fortaleza y cobertura a la población, en contraposición a la conducta individualista que a través del poder adquisitivo compra la fantasía de seguridad. ¿Practicamos la solidaridad de usar y tirar como algo útil para salir de una situación excepcional, o tejemos Comunidad fruto de nuestra interdependencia como seres sociales que somos, dependientes de la salud del Planeta?.

Vivimos tiempos que exigen impulsar uno de los proyectos más importantes de la historia de nuestro país para salir de la situación y afrontar la reconstrucción económica, social y ecológica. “El mundo del ayer no va a volver” como decía Stefan Zweig, nuestras vidas han cambiado de forma profunda e irreversible a pesar del desescalamiento. Es el momento de la acción ciudadana, de madurar como el actor principal que somos con la capacidad única para crear la realidad deseada. Sin embargo, los actuales cauces democráticos, pasivos y paternalistas, deben acoplarse a la nueva realidad y la ciudadanía debe empoderarse e ir más allá de su participación electoral, siendo necesarias nuevas herramientas a fin de decidir qué cambios queremos hacer permanentes y cuales son imprescindibles. ¿Queremos ser parte de las decisiones trascendentes y corresponsabilizarnos de la gestión de lo común, o nos vamos a conformar con seguir votando cada cuatro años?

La Administración también ha dejado al descubierto serias deficiencias, sobre todo en el terreno de la digitalización. Pero más allá de las herramientas, se trata de poner en marcha una nueva cultura política y administrativa en la que la ciudadanía esté en el centro y sea sujeto activo de la gestión pública. La Transparencia y el acceso a la información es la primera barrera a superar para poder ejercer el control y exigir la rendición de cuentas, haciendo posible la colaboración entre la sociedad civil y los funcionarios, los cargos electos y el conjunto de los trabajadores del sector público en el desarrollo de los servicios que prestan, los cambios legislativos y la acción de gobierno. ¿Se mantendrá y desarrollará la capacidad del teletrabajo que consume menos recursos reduciendo la contaminación, y contribuye a aliviar las dificultades de la movilidad? ¿Habrá redistribución del trabajo (trabajar menos horas para crear mas puestos) o volveremos a los recortes salariales, aumentos de jornadas y precarización laboral del pasado?

En este sentido, los Consejos Ciudadanos pueden ser el núcleo clave donde elaborar informes complementarios a los técnicos, a fin de efectuar una evaluación previa y posterior de las políticas públicas. ¿Estamos dispuestos a dedicar parte de nuestro tiempo al servicio público? ¿Se instaurará la Renta Básica Universal Independiente como cambio estructural que garatiza el que ninguna persona queda atrás liberando tiempo para el compromiso social?.

Los países se han lanzado a la carrera del desescalamiento para volver a la “nueva normalidad”, animando a sus poblaciones cansadas del confinamiento, precarizadas económicamente y ansiosas de la vuelta a la libertad, pero al mismo tiempo se abren muchos retos e incertidumbres. Como por ejemplo disponer de las garantías científicas y medios materiales que impida dar un salto en el vacío, y la posibilidad de caer en un nuevo repunte de la infección antes de la llegada de la previsible segunda oleada del virus. ¿Se siguen los criterios científicos, o estos están siendo interpretados según las exigencias de los distintos sectores económicos y territorios?

Del mismo modo, es vital inspeccionar y garantizar las condiciones laborales para que reúnan las exigencias sanitarias, o los trabajadores se verán sometidos a situaciones indeseadas a fin de disponer de un empleo; garantizar que el transporte público es adaptado a las circunstancias para no volver al uso desaforado del vehículo privado; cumplir con los compromisos de reducción de emisiones de cara al 2040, o si por el contrario se va a poner en marcha el “todo vale para volver a la normalidad-salvar la economía”, etc. En definitiva, sí cada paso que se dé va a suponer regresar a esa normalidad que nos ha traído a este escenario de colapso marcado por el individualismo social y deriva de la política autoritaria, o sí se optará por cambiar de rumbo en base a la solidaridad social y cooperación política a fin de afrontar, en las mejores condiciones posibles y con los medios necesarios, los grandes retos ecológicos que tenemos por delante, en el que nos jugamos un futuro digno y en paz para las generaciones presentes y venideras que merezca la pena ser vivido.
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