Parece que cada diciembre, en este rincón del sureste donde el sol no afloja ni cuando hace frío, nos vemos obligados a participar en un ritual de masoquismo institucional. Me refiero a esa sagrada tradición de los pestiños navideños... quiero decir: los discursos navideños, una costumbre que, respeto al tiempo ajeno, debería estar no solo abolida, sino directamente proscrita en el Código Penal.
No es una cuestión de animadversión personal. No es que uno tenga nada personal en contra de que Felipe de Borbón, también conocido como Felipe VI, o el presidente de la Comunidad Autónoma de Andalucía, Juanma Moreno, o la alcaldesa de Almería, María del Mar Vázquez, nos deseen prosperidad desde rincones "entrañables". El problema es que el formato es tan obsoleto que hace que un vídeo de VHS parezca tecnología punta de Silicon Valley.
Resulta un poco ridículo que, en 2026, con el flujo de información circulando a la velocidad del 5G, el Jefe del Estado se plante ante una cámara para lanzarnos un monólogo unidireccional, como hacían el anterior y el anterior a ambos. ¿No sería más útil, más valiente y, sobre todo, más contemporáneo que se sometiera a una rueda de prensa? ¿O que concediera entrevistas a los distintos medios de comunicación que llevan años solicitándola? Pero claro, es mucho más cómodo el teleprompter y el plano medio que enfrentarse a una pregunta incómoda sobre la transparencia del Estado.
Y la fiebre del protagonismo no se queda en la Zarzuela. El virus del mensaje navideño infecta todas las capas del Estado. Desde el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, hasta el último alcalde de provincia, pasando por presidentes de diputaciones, cabildos, alcaldes... distintos escenarios y puestas en escena, pero todos sienten la pulsión irrefrenable de robarnos diez minutos de nuestra Nochebuena o Nochevieja para decirnos... absolutamente nada que no hayan podido decir durante los otros 364 días del año.
Vivimos en la era de la hipercomunicación. Estos señores y señoras tienen a su disposición comparecencias, artículos de opinión y, por supuesto, ese patio de vecinos sin ley llamado redes sociales. En estas plataformas, los políticos actúan —que no interactúan— de forma sistemática. Lanzan sus soflamas de modo unilateral, ahorrándose el engorro que suponemos los periodistas, esos seres molestos que tenemos la mala costumbre de preguntar precisamente aquello que ellos no quieren responder.
El mensaje navideño es, en esencia, el refugio del cobarde comunicativo. Es el alarde de un protagonismo impostado que no admite réplica. Es un ejercicio de onanismo político en el que el emisor se gusta, se escucha y se aplaude, mientras el receptor aprovecha para ir a por más jamón o para comprobar si el cuñado ha vuelto a enviar un meme rancio por WhatsApp.
Es absurdo que, a estas alturas, sigamos manteniendo este arcaísmo comunicativo. Si tienen algo que decir sobre la gestión de la provincia, sobre el futuro de la Comunidad Autónoma o sobre los desafíos del Estado, que lo hagan donde se debe: en el Parlamento, en las entrevistas sin red o en las ruedas de prensa con derecho a repregunta. Lo demás es relleno navideño, y para eso ya tenemos el pavo.
No descarto que en los próximos días tengamos que ocuparnos de desgranar alguna de estas piezas de museo audiovisual.