Ser alcalde en esta provincia requiere, además de una paciencia infinita y una piel de rinoceronte, un título no homologado en artes adivinatorias. Lo hemos visto este pasado fin de semana de Reyes Magos. La meteorología, ese ente caprichoso que en el Estado español parece haberse puesto de acuerdo para aguarle la fiesta a la tradición, ha puesto a los regidores de los 103 municipios de la provincia de Almería frente al espejo de la ingratitud pública.
La toma de decisiones en política suele ser un ejercicio de equilibrismo donde, elijas el pie que elijas para apoyar, siempre habrá un sector de la grada —y una oposición con el colmillo afilado— dispuesto a pitarte el penalti.
Tomemos el ejemplo de la capital. María del Mar Vázquez, alcaldesa de Almería, decidió que los Reyes Magos debían desfilar a las 12 de la mañana del lunes para regatear a la lluvia nocturna. ¿Resultado? El previsible "festival del reproche". Que si era lunes laboral, que si la improvisación es la marca de la casa, que si los padres no podían llevar a los niños. Si la alcaldesa hubiera mantenido la hora habitual bajo el diluvio, la crítica habría pasado del "no puedo ir" al "es una irresponsabilidad exponer a los menores y a los figurantes a una neumonía". Y si hubiese establecido que los Reyes se quedasen en un lugar cerrado y los niños acudiesen a él, se hubisen producido quejas porque las familias habrían tenido que esperar bajo la tormenta.
Ahora imaginen que decide adelantar los fastos al día 3 o el 4... y al final no llueve ¿qué creen que habría dicho la oposición?
En este tablero, la única casilla que no existe es la del acierto.
En otros puntos de la provincia, el guion no fue muy distinto. Hubo alcaldes que, en un alarde de prudencia o de pánico al satélite, adelantaron la cabalgata al día 3. Automáticamente, los guardianes de la esencia navideña saltaron al cuello: que si se cargaban la magia, que si total para cuatro gotas no hacía falta profanar el calendario. Otros, buscando el refugio de lo estático, decidieron que Sus Majestades recibieran a los niños en un lugar cubierto. Error de nuevo: que si no hay espectáculo, que si los niños se quedan quietos como si estuvieran en una sala de espera de la Seguridad Social, que si las colas bajo la lluvia para entrar eran peores que el desfile mismo.
Lo fascinante de este fenómeno es la capacidad de la oposición para ejercer la "profecía a toro pasado". Es esa habilidad política de no proponer absolutamente nada mientras el cielo se encapota, para luego, una vez que la decisión está tomada, sentenciar que "lo lógico habría sido lo otro". Es el cinismo de quien no tiene que firmar el decreto de seguridad pero se siente con la autoridad moral de dar lecciones de logística festiva desde el sofá de su casa o el perfil de X (antes Twitter).
Al final, no le arriendo la ganancia a los alcaldes. No hablamos de decisiones que vayan a cambiar el PIB de Andalucía, pero sí de esas pequeñas gestiones cotidianas que sirven de gasolina para el desgaste gratuito. Se critica por adelantar, se critica por retrasar y se critica por esperar.
Si el alcalde acierta, es suerte; si se equivoca, es incompetencia. Y mientras tanto, la oposición, esa que es incapaz de ofrecer una alternativa viable en el momento del conflicto, se dedica a lo que mejor sabe hacer: atizar fuerte con el palo de la demagogia, mojado, eso sí, por la misma lluvia que a ellos no les obliga a tomar ninguna decisión.