Opinión

Irán... solas

Rafael M. Martos | Martes 13 de enero de 2026

Parece que en el buffet libre de la indignación moral, el plato de Irán se ha quedado frío y nadie quiere repetir. Resulta fascinante observar cómo la brújula ética de ciertos sectores en el Estado español —y por extensión, en esta esquina del sureste que es la provincia de Almería— funciona con una precisión selectiva que ya quisiera para sí el algoritmo de una red social.

No se confundan. Criticar la deriva de Benjamín Netanyahu y el castigo colectivo al pueblo palestino no solo es lícito, sino necesario ante la evidencia de los hechos en Gaza. Sin embargo, lo que chirría, lo que produce un eco de hipocresía difícil de digerir, es el estruendoso silencio que rodea a las mujeres iraníes que participan en una revuelta que quizá habría que comenzar a denominar revolución. Es curioso que en las plazas de Andalucía, donde las pancartas por Palestina se cuentan por cientos —con toda la razón del mundo, insisto—, apenas se vislumbre un rastro de solidaridad hacia quienes se juegan el cuello, literalmente, por dejar de ser ciudadanas de tercera en una teocracia que parece diseñada en el siglo IX.

Lo curioso es ver que en París, se alza la bandera israelí junto a las iraníes en una manifestación contra el régimen teocrático ¡como si lo de Israel no fuese un remedo teocrático igualmente abominable en su fondo y su forma!

El régimen de los ayatolás, liderado con mano de hierro por el Líder Supremo Alí Jamenei y gestionado ahora bajo la presidencia de Masoud Pezeshkian —quien llegó con piel de cordero reformista para terminar pastoreando el mismo lobo de siempre—, sigue ejecutando a disidentes con una eficacia industrial. Mientras el Gobierno central, con Pedro Sánchez y su ministro de Exteriores, José Manuel Albares, se muestran extraordinariamente audaces para señalar las vergüenzas de Israel, parecen haber perdido la voz cuando se trata de denunciar el "apartheid" de género en Teherán. ¿Es que el hiyab obligatorio pesa menos en la conciencia progresista que otros agravios geopolíticos?

Y es que la geopolítica lo es todo. ¿Acaso duda alguien que el interés de Donald Trump por este país reside en sus reservas de petroleo, las terceras mayores del mundo, o su estratégica ubicación para el control del estrecho de Ormuz? ¿Acaso alguien duda que detrás estas revueltas está la larga mano de la CIA? Pero que todo eso sea cierto, no quita el valor, el inmenso valor de mujeres y hombres que se ponen en pie, salen a la calle y se juegan la vida (pero de verdad) por un futuro mejor. Europa, aquí, también ha mirado para otro lado.

Resulta sangrante, que quienes se llenan la boca con la palabra "liberación" miren hacia otro lado cuando una mujer en Irán decide que su pelo no es pecado. Esas mujeres no están pidiendo limosna intelectual; están reclamando derechos que aquí consideramos básicos pero que allí se pagan con la horca o con los disparos de la Policía de la Moral. La revolución que se gesta en las calles iraníes es, probablemente, el movimiento civil más valiente de este siglo, y aquí la tratamos como un suceso de sección internacional de tercera categoría.

Quizás es que Irán no encaja en el manual del "buen activista" de salón. Como el régimen de Jamenei se declara enemigo de Occidente, parece que señalar sus barbaridades fuera hacerle el juego al imperialismo. Es una lógica de una indigencia mental asombrosa. Se puede, y se debe, estar con el pueblo palestino sin comprarle el discurso a una teocracia medieval que interpreta el Corán según le conviene para mantener el chiringuito del terror.

Pero cómo podría extrañarnos, si el revolucionario de guardia, Pablo Iglesias, se financió en su Ford Apache, con el dinero ensangrentado de Irán como también con el dinero ensangrantado de Venezuela... si hasta obligaba a las mujeres que salían en ese programa a cubrirse (así lo refirió Bea Talegón, que insistieron en ponerle un pañuelo sobre los hombros en una entrevista, y eso que era en España y para espectadores españoles!!!!).

En esta provincia, tan acostumbrada a que nos ignoren desde los centros de poder del Estado, deberíamos empatizar algo más con los que luchan solos. Pero no. Preferimos la indignación de tendencia, la que viene con filtro y consigna clara. La valentía de las iraníes que se quitan el velo es un espejo incómodo en el que Occidente no quiere mirarse, porque nos recuerda que nuestra solidaridad es, a menudo, una cuestión de moda ideológica y no de principios universales. Mientras tanto, en Teherán, la libertad sigue siendo una palabra que se escribe con sangre, mientras aquí nos conformamos con tuitearla cuando no incomoda a nuestros dogmas.

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