Opinión

El Casino de Ronda

Rafael M. Martos | Domingo 18 de enero de 2026

Resulta curioso, casi poético en su ironía, que hayamos tenido que esperar a que el centro-derecha se asiente en San Telmo para que los muebles de la historia de la Comunidad Autónoma de Andalucía dejen de criar polilla en el desván del olvido. Durante décadas, el PSOE se adjudicó el monopolio del sentimiento andaluz, envolviéndose en la bandera como si fuera un derecho de admisión exclusivo, mientras que, en la práctica, su gestión de la identidad histórica fue poco más que un ejercicio de estética y, en el peor de los casos, de extirpación sistemática de todo lo que no encajara en su relato de "la autonomía somos nosotros".

Hace apenas unos días, el consejero de Sanidad, Presidencia y Emergencias, Antonio Sanz, se desplazaba a la provincia de Málaga para firmar con Daniel Harillo, presidente del Círculo de Artistas de Ronda, y la alcaldesa María de la Paz Fernández, un acuerdo de arrendamiento del Casino de Ronda. El objetivo es loable: rescatar este espacio, declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en 2024, para la investigación y divulgación del andalucismo. Se cumple el 108 aniversario de la Asamblea Regionalista de Ronda de 1918, aquel cónclave presidido por Blas Infante donde se parieron los símbolos que hoy lucen en los despachos oficiales: la bandera, el escudo y ese lema que reza "Andalucía para sí, para España y la Humanidad".

Es llamativo que el socialismo andaluz, tan dado a la medalla y al golpe de pecho, mantuviera este escenario fundamental en un estado de semiabandono institucional, pero no era ni más ni menos que lo realizado con la Fundación Blas Infante, que no tenía ni para pagar la luz por culpa exclusiva del PSOE gobernante. Bajo su mando, la historia parecía empezar y terminar en las manifestaciones de 1977. o ni eso, comenzaba y terminaba un 28 de Febrero de unos años después. Todo lo anterior era una nota al pie, una curiosidad para eruditos que no convenía airear demasiado, no fuera a ser que los escolares descubrieran que el autonomismo no fue un invento de la Transición, sino una corriente con más de un siglo de poso, que como mínimo alcanzaba a la I República Española, en la que "desde el bastión inexpugnable de Despeñaperros" los federales declararon la "independencia de Andalucía".

El Gobierno de Juanma Moreno, a través de la Fundación Centro de Estudios Andaluces (CENTRA) dirigida por Tristán Pertíñez, ha diseñado un plan en tres fases para que el Casino deje de ser un cascarón modernista de 1823 y pase a ser un centro vivo. Veremos la rehabilitación de la Sala Blas Infante, la biblioteca y el uso de esa mesa de escritorio renacentista donde se sentaron los padres de la identidad política andaluza, porque Infante, siendo el más significado, no era ni mucho menos el único. Incluso se instalará una réplica del escudo original de 1918. Son gestos, sí. Son necesarios, por supuesto. Pero, siendo rigurosos, corren el riesgo de quedarse en una simple campaña de imagen si no se cruza el puente definitivo: el de las aulas.

Desde esta esquina de la península, donde la provincia de Almería observa a veces con escepticismo los vaivenes de Sevilla, cabe preguntarse de qué sirve todo ésto si el currículo escolar sigue pasando de puntillas sobre estos hitos. La identidad de una Comunidad Autónoma no se construye solo con decretos de arrendamiento o rehabilitaciones de edificios en Ronda. Se construye en los libros de texto. Es imperativo que los escolares andaluces sepan que su realidad política no es un capricho de finales del siglo XX, sino un proceso histórico con nombres, apellidos y sedes físicas que hoy, por fin, se protegen.

Los gestos de la Junta actual son un avance frente a la desidia previa, pero el simbolismo tiene un techo muy bajo. Si el compromiso del que habla Antonio Sanz es real, la historia de la Asamblea de 1918 debe dejar de ser una efeméride para expertos y convertirse en materia evaluable. Porque mientras el andalucismo sea solo una foto en un casino de Ronda y no un conocimiento asentado en las nuevas generaciones, seguiremos dependiendo del color del gobierno de turno para saber quiénes fuimos y, sobre todo, por qué estamos donde estamos.

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