A estas alturas de 2026, ser de izquierdas no es un ejercicio de convicción, es un deporte de riesgo extremo para la salud digestiva. Si usted es de esos que todavía guarda el carné del PSOE en la cartera, junto a la foto de la comunión, sepa que su capacidad de deglución debería ser estudiada por la ciencia. No es ya que la actualidad sea un plato de mal gusto; es que el menú viene con una guarnición de juzgados que ríete tú de las series de abogados de la tarde.
Abran cualquier diario y verán que el PSOE de Pedro Sánchez está más entretenido en los pasillos de la Audiencia Nacional que en los del Congreso. Entre el juicio a Begoña Gómez por tráfico de influencias y esa curiosa agenda judicial de David Sánchez, el hermano músico que parece haber encontrado en Badajoz un retiro dorado —bajo sospecha de malversación—, el relato de la ejemplaridad se ha quedado en un chiste de mal gusto. Y si a esto le sumamos el ingreso en prisión de José Luis Ábalos y de su inseparable Santos Cerdán, el que fuera todopoderoso Secretario de Organización, lo que nos queda es un partido que más que un Gobierno parece una rueda de reconocimientos.
Pero claro, la izquierda no solo se rompe por el bolsillo o por el árbol genealógico del presidente. Se rompe por la coherencia. Esa bandera del feminismo que el Estado enarbola con tanto énfasis ha acabado enredada en los pies de Íñigo Errejón y la asombrosa incapacidad de Más País y Sumar para reaccionar ante las denuncias de agresión sexual. Ver a las ministras y mujeres del entorno de Sánchez intentar cuadrar el círculo de la respuesta política ante escándalos como el de Paco Salazar es, sencillamente, un insulto a la inteligencia de cualquier votante que crea que la dignidad de la mujer no es una moneda de cambio electoral.
Y qué decir de los principios históricos. El pueblo saharaui, ese viejo compromiso de la izquierda española, ha sido despachado por el Estado con la misma frialdad con la que se cierra un acuerdo de exportación de tomates. La "autonomía marroquí" es el eufemismo favorito de este Gobierno para decir que han dejado tirados a los saharauis a cambio de una paz precaria con Rabat. Mientras tanto, a la izquierda del PSOE, la plataforma de Yolanda Díaz sigue en su bucle eterno de reinvención: los mismos perros de Izquierda Unida y las veinte organizaciones "líquidas" de siempre, pero con distinto collar y un nombre nuevo cada temporada para ver si así alguien pica. Mucha palabrería sobre Israel, pero los contratos siguen ahí; mucha fuerza por la boca, pero a la hora de la verdad, se traga con el Sáhara o con lo que haga falta para no soltar el sillón del Consejo de Ministros. Por eso la coalición Sumar baja, y Podemos sube.
Lo que ya clama al cielo, y aquí en Almería nos toca la fibra sensible, es el tema de la financiación autonómica. Hay que tener unas tragaderas de dimensiones bíblicas para que un socialista acepte el principio de ordinalidad que el Estado ha pactado para Cataluña. Básicamente, se consagra que los ricos sigan siendo más ricos. Nos quieren vender que las Comunidades Autónomas deben recibir en función de lo que aportan sus ciudadanos, olvidando —quizá a propósito— que los impuestos los pagan las personas, no los territorios.
Resulta que los almerienses le pagamos la luz a Endesa o el teléfono a Telefónica, pero como esas empresas tienen su sede en Madrid o Barcelona, el "efecto capitalidad" hace que el beneficio fiscal se quede allí. Es el perjuicio sistémico de siempre: nosotros ponemos el consumo y el Estado permite que ellos se queden con la mayor parte del pastel, como pasa con los puertos, comenzando por el más importante de España, el de Algeciras, cuyos beneficios cotizan en Madrid, no en Andalucía. Que el PSOE pacte este atropello con partidos de derecha pura como el PNV o Junts de Carles Puigdemont, mientras sus socios de "extrema izquierda" miran hacia otro lado para no perder la nómina, es la prueba definitiva de que hoy, ser de izquierdas, es una misión imposible.
La izquierda a la izquierda del PSOE ha demostrado ser incapaz de someter a Sánchez a nada que no sea su propia supervivencia. El presidente traga con el nacionalismo más rancio y sus socios tragan con él. Y en medio de este banquete de conveniencias, el ciudadano de a pie se pregunta si queda alguien que defienda algo más que un asiento en el Congreso.
La respuesta de quienes aún se aferran a la izquierda es que... a pesar de todo, se ha subido el SMI, sí, pero la gente es cada vez más pobre pese a ello... que hay que resolver el problema de la vivienda, sí, pero ahora es más grave que cuando llegaron al Gobierno... que hay menos paro, sí, pero el empleo es más precario pese a ser oficialmente indefinido... que hay que parar a la ultraderecha, sí... pero la ultraderecha sigue avanzando...