Opinión

Gritos de dolor y venganza

Juan Torrijos Arribas | Lunes 26 de enero de 2026

Cuarenta y cinco cadáveres están levantando las dormidas conciencias de España. Cuarenta y cinco españoles que han dado su vida por la negligencia de unos políticos están pidiendo venganza por los cuatro puntos cardinales de la península. Voces que cantan en las oscuras noches, en las frías madrugadas, en las salidas del sol y cuando llega el ocaso. Todas gritan al unísono, todas calientan los ánimos de miles, millones de españoles, que ven cómo los políticos han puesto cara de compungidos ante la muerte, ante la derrota de una sociedad que no supo a quien le estaba dando el poder de sus vidas y de sus destinos.

Esa España, que durante tantos años viene durmiendo al sur de Despeñaperros, despierta cansada de esperar, de creer en unos dirigentes que solo le han aportado miseria, dolor y por último las lágrimas de ver como entierran a sus muertos. Suenan canciones, no han pasado aún las horas del dolor, cuando las voces de los poetas andaluces se han levantado, cuando sus letras las canta el pueblo con furia, cuando el mensaje se llena de millones de lágrimas andaluzas que por flamenco gritan desde todos los rincones de esta tierra, a la que encima le quieren quitar sus rezos, sus lamentos y su ¡olé, olé, olé por esa Rocío que duerme entre los almonteños, en ofrenda y homenaje a sus hijos, a sus olvidados vecinos por parte de unos políticos a los que no podemos perdonar, ni hoy, ni mañana, ni nunca jamás.

Se han reído del dolor de las víctimas, lo hicieron durante la pandemia, lo hacen cada día ante la inseguridad en la que viven los ciudadanos, ante unas mujeres que ven como salen de la cárcel los violadores. Solo nos faltaba ver vuestras poses y empujones por estar en la primera fila de las fotos en los medios ante los cadáveres de unos españoles que viajaban en unos trenes, con unas vías cansadas de tanto chanchullo político que les ha costado la vida, unas vías que duelen en el alma a millones de españoles, pero que no parece que les preocupe a esos responsables políticos que provocan las muertes de más de cuarenta ciudadanos, el dolor de familias enteras que han visto como perdían a sus seres más queridos.

Y seguirán los gritos de los onubenses, y a los de esos andaluces se les unirán los del resto de los españoles en un grito que recorre caminos, que serpentea montañas y que se sube a la viejas y agrietadas vías desde la que gritar ¡basta! desde las que pedirles a los políticos que dejen en paz a este país, que se vayan de una vez, que nos dejen dormir en paz, viajar en paz, vivir en paz, sentir nuestro dolor en paz.

Y que en estos días nos dejen llorar y enterrar en paz a nuestros muertos. Dejadnos gritar, rezar y cantar. Y que todos, creyentes o no, nos unamos en un ¡olé, olé! que suene en las tierras de Onuba, ante la esa Blanca Paloma a la que le hemos encomendado lo mejor de nuestra gente, de nuestra familia, y que ella los acoja y los guarde a su lado, esperando la llegada de los que aquí nos quedamos entre lágrimas y rabia, con el dolor y la desesperación ante unos políticos que no sienten compasión alguna por el que se dice es el pueblo español.

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