Opinión

¡Viento, viento, viento!

(Foto: Cibeles AI).
Juan Torrijos Arribas | Jueves 29 de enero de 2026

No se puede luchar contra los vientos que azotan nuestras costas, calles y plazas, que derriban árboles, que ponen la vida de los ciudadanos en peligro. Son los accidentes atmosféricos anunciados contra los que la voluntad humana poco o nada puede hacer. Solo esconderse cuando llegan. Almería, tierra a la que el viento ha tomado como su eterna prometida, baila en estos días azorada ante la virulencia desatada. Nos arranca árboles que caen sobre una ciudad asustada, obliga a los cierres de los colegios, levanta las faldas de las mujeres en las esquinas, y nos muestra esa Almería que se esconde debajo de los coches.

Ese viento, tan necesitado en las tardes y noches de los calurosos veranos, nos está enseñando en estos días de finales de enero la terrible cara de la tragedia. Y nada se puede hacer para cerrarle la puerta de entrada. No hay forma de soldar el portón de entrada, ni siquiera con los técnicos en soldaduras de Adif, hoy de reclamo en todos los medios de comunicación ante la soldadura de una vía. Lo que se cierran son calles, plazas y carreteras. Y se les pide a los vecinos que si pueden no salgan de sus casas, no pisen las aceras, no lleven a los niños al colegio, donde los vientos se han apoderado de ellas.

Y los valientes se asoman a los acantilados, o van a ver lo que las olas hacen en sus playas. Los vecinos de Balerma, tristes como cada invierno, vuelven a vivir el espectáculo de todos los años, viendo desaparecer la arena donde dejan descansar sus cuerpos en los meses agosteños del estío. La naturaleza se lleva aquello que los hombres le imponemos, y las costas almerienses pagan por ello ante el empuje de sus vientos, de sus aguas, y de la inacción de sus gestores. En Vera piden una solución para las aguas que anegan su costa, y se cuela, dicen que, con su escritura en la boca, en casas y cocheras de la costa. Es complicado saber qué árbol va a caer, de todos los que jalonan nuestro paisaje, por culpa de ese loco viento que nos azota, pero hay trabajos en las costas que se vienen pidiendo año tras año, y que no encuentran la solución por parte de nuestros representantes políticos.

Contra el viento, es cierto, no podemos luchar, a la lluvia la echamos de menos por estas tierras, pero a los políticos… ¿Qué podríamos hacer con ellos? ¿Contra qué naturaleza los podríamos enfrentar? ¿Qué harían en Balerma con los que cada invierno les prometen una solución, y la misma es llevarles cuatro camiones de tierra que vuelven a desaparecer en invierno? ¿Y en Vera? Se reúnen con los políticos, hablan, salen satisfechos, pero cuando llegan las tormentas, y con ellas los vientos y las lluvias, los vecinos vuelven a vivir la tragedia de cada año.

Si los políticos no son capaces de hacer bien ni una puñetera soldadura, lo acaban de demostrar en Adamuz, no le pidamos que arreglen las playas, las costas, las tormentas, las lluvias, los vientos, las caídas de los árboles. Pobres míos, no son Dios, aunque a veces lo parecen y lo imitan.

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