Opinión

Las guerras de Pérez-Reverte

Rafael M. Martos | Miércoles 04 de febrero de 2026

A estas alturas del siglo XXI, cuando en la provincia de Almería andamos más preocupados por si el AVE llegará antes de que se extingan las chumberas o por si la próxima DANA nos pilla con los deberes sin hacer, en Sevilla han decidido que es un momento estupendo para volver a desenterrar el hacha de guerra. Pero no una guerra de las de ahora, de esas de aranceles y geopolítica, sino la de siempre: la que ocurrió hace casi un siglo en este Estado que llamamos España.

El evento se titula "Letras en Sevilla", coordinado por el académico Arturo Pérez-Reverte y el escritor Sergio del Molino. El lema de las jornadas, "La guerra que todos perdimos", ha sentado en ciertos sectores de la izquierda como un gazpacho con tropezones de helado: sencillamente, no lo digieren. La polémica ha saltado por los aires cuando el coordinador federal de Izquierda Unida y secretario general del PCE, Antonio Maíllo, puso el grito en el cielo tachando el título de equidistante. Como si en este Estado la equidistancia no fuera, a veces, la única forma de no acabar a garrotazos en la barra de un bar.

La onda expansiva ha llegado hasta la literatura con sello local. El escritor David Uclés, reciente ganador del premio Biblioteca Breve, ha decidido bajarse del carro y no asistir a las jornadas tras el ruido mediático y las críticas políticas. Es curioso que, precisamente en un foro de "letras", la respuesta al desacuerdo sea el silencio o la ausencia. Uno pensaba que los escritores estaban para lidiar con las palabras, no para huir de ellas en cuanto el ambiente se pone algo más caldeado que el poniente en agosto.

Es cierto, y hay que ser rigurosos, que el eslogan tiene su miga. Decir que fue una guerra que "todos perdimos" es una verdad a medias que escuece. Hubo un bando que, efectivamente, ganó y se quedó con las llaves del cortijo durante cuarenta años, mientras que el otro terminó en la cuneta o en el exilio. Negar eso es como decir que en Almería no hace sol: una ceguera voluntaria. Pero si ampliamos el foco y miramos al Estado español como conjunto, la derrota fue colectiva. Mientras el resto de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, se subía al tren de la reconstrucción, la modernidad democrática y el desarrollo político, aquí nos quedamos en la estación, mirando las vías y rumiando una autarquía rancia. Perdimos el tren de la historia y el progreso, y en ese vagón íbamos todos, los de un lado y los del otro.

Lo fascinante es observar cómo, décadas después, parece que hay quienes necesitan mantener las trincheras abiertas para sentirse vivos. Esa idea de las "dos Españas" irreconciliables se ha convertido en un cómodo sofá donde la clase política se sienta a ver quién grita más fuerte. El diálogo, ese concepto tan exótico, ha sido sustituido por el posicionamiento de bloque. Si no estás conmigo al cien por cien, eres mi enemigo. No hay matices, solo trincheras. Qué distinto el comportamiento de quienes no la vivieron ni en un lado ni en otro, de quienes sí lo hicieron, como cuando Manuel Fraga presentó a Santiago Carrillo... impensable hoy.

Y luego está el duelo de titanes, el choque de planetas entre Pérez-Reverte y Pablo Iglesias. El primero, con su eterno aire de corresponsal que acaba de salir de una trinchera en Sarajevo —aunque solo esté cruzando el Patio de los Naranjos—, invitó al segundo a las jornadas para debatir. Pero a Iglesias, que ya sabemos que si no es el novio en la boda o el muerto en el entierro no termina de encontrarse cómodo, la propuesta no le ha hecho ninguna gracia. Es el eterno conflicto de egos: dos figuras que solo saben hablar cuando el guion lo escriben ellos y el público les da la razón de antemano. Iglesias, experto en marcar territorio como quien orina en las esquinas de la política, no parece dispuesto a confrontar ideas si no es bajo sus propios términos.

A Pérez-Reverte le gusta una guerra más que a un almeriense una tapa gratuita. Ya sea en la Real Academia Española, donde reparte mandobles a cuenta de las tildes y el lenguaje inclusivo, o en estos salones literarios, el cartagenero vive en un estado de movilización permanente como puede verse en X. Quizás sea deformación profesional de su época de reportero, o quizás es que ha entendido mejor que nadie que en este Estado, para que te hagan caso, tienes que estar siempre metido en una batalla, ya sea civil o incivil.

Queda la triste sospecha de que nos da miedo hablar. Nos aterra que, si nos sentamos con el que piensa distinto, podamos descubrir que el otro también tiene una parte de razón o que, simplemente, no es el monstruo que nos han vendido. Mientras en Sevilla se pelean por el título de una charla, en la provincia de Almería seguimos esperando que alguien gane, de una vez, la guerra contra el aislamiento ferroviario. Pero claro, eso no da para escribir un libro de éxito ni para montar un circo en redes sociales.

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