Opinión

Lo llaman alto el fuego

Rafael M. Martos | Miércoles 11 de febrero de 2026

Resulta fascinante la capacidad del ser humano para normalizar el espanto allá donde esté.

En Gaza, esa franja de tierra que ya no es ni franja ni es nada, la muerte ha aprendido a trabajar en horas extras durante los descansos.

Nos vendieron un alto el fuego como si fuera el bálsamo de Fierabrás, pero las matemáticas de la sangre no entienden de semántica diplomática. Según denuncian las autoridades sanitarias de Gaza, desde que se firmó esa supuesta pausa en las hostilidades, más de 580 personas han sido enviadas al otro barrio por el ejército de Israel. Solo el pasado lunes, cinco personas más engrosan la listan de quienes no verán el final de este crimen. Es lo que tiene la guerra moderna: se dispara en silencio para no despertar a la opinión pública internacional, que duerme plácidamente tras el chute de dopamina de la última cumbre de paz.

Es curioso cómo el Estado de Israel, bajo la batuta de un Benjamin Netanyahu que parece tener más vidas políticas que un gato en una película de acción, gestiona el concepto de "defensa". El pasado 4 de febrero, sin ir más lejos, una decena de personas —incluidos cuatro menores y un bebé de cinco meses— perecieron bajo los escombros de un edificio en el barrio de Tuffah. Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) lo llamaron "objetivo selectivo". Supongo que, para algunos, un biberón es una amenaza estratégica para la seguridad nacional.

En España, mientras el Gobierno estira el chicle de los 150 millones de euros en ayuda humanitaria prometidos para este 2026 y saca pecho por la apertura —a cuentagotas— del paso de Ráfah, la realidad es que la reconstrucción de la zona costaría ya unos 70.000 millones de dólares.

Nos hemos vuelto expertos en "guerras olvidadas". Esas que solo aparece en el telediario entre una noticia sobre el precio del aceite y el último fichaje del Almería. Nos consuela pensar que, como hay una tregua firmada, ya no hay dolor. Pero la realidad es que hay un alto el fuego que solo sirve para que los francotiradores ajusten la mira sin que el humo de las explosiones les moleste.

Miremos hacia otro lado si queremos. Al fin y al cabo, es lo que mejor se nos da cuando la tragedia no ocurre en nuestra acera. Pero no llamemos paz a lo que simplemente es un genocidio a fuego lento, servido en raciones diarias de cinco en cinco, para que no nos empache la conciencia.

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