Opinión

La invasión silenciosa

Rafael M. Martos | Domingo 22 de febrero de 2026

Uno ya no necesita sufrir de amnesia transitoria para despertarse desorientado en pleno centro de una ciudad monumental. Hoy en día, basta con abrir los ojos y mirar los escaparates para no saber si uno va, viene o, simplemente, se ha quedado atrapado en un bucle espacio-temporal de comida procesada. Usted puede estar bajo la sombra de la Giralda en Sevilla, paseando por la Calle Larios de Málaga o a escasos metros de la Mezquita en Córdoba, que el aroma predominante no será a azahar ni a historia, sino a esa fragancia industrial de patata frita y café torrefacto cobrado a precio de oro. Es la indudable magia del turismo moderno: viajar cientos de kilómetros para terminar masticando exactamente la misma masa congelada que venden en la esquina de su bloque.

En Andalucía, al igual que en el resto de España, los cascos históricos están sufriendo una metamorfosis tan implacable como carente de gracia. El paisaje urbano se ha convertido en un catálogo de cromos repetidos donde la identidad local ha sido fagocitada por los mismos logotipos de siempre. Da igual la latitud; si levanta la vista, se topará con el mismo Burger King, el inevitable McDonald's o esa sirena verde de Starbucks coronando un vaso de cartón. Es un calco deprimente que se extiende por París o Londres con la misma eficacia con la que se despacha un helado de Amorino: mismos colores, mismos sabores artificiales y esa sensación de que el mundo se ha vuelto un lugar plano y predecible. Estamos, esencialmente, siempre en el mismo sitio.

Esta falsa modernidad se contrapone frontalmente al sabor auténtico que debería definir el acto de hacer turismo. Frente a la dictadura de la franquicia, la resistencia reside en potenciar lo nuestro, lo que tiene raíz y nombre propio. En la provincia de Almería, contamos con el baluarte de Sabores Almería, la marca gourmet que impulsa la Diputación de Almería. Es ahí, en el producto propio y en el esfuerzo de nuestros productores, donde reside el verdadero lujo y la exclusividad, y no en una hamburguesa clónica que sabe igual en la Puerta de Purchena que en una autopista de Nueva Jersey.

Los responsables políticos de medio mundo parecen asistir a esta homogeneización con una pasividad que roza lo poético. Los grandes ayuntamientos firman licencias a multinacionales como quien reparte caramelos en una cabalgata, priorizando la caja registradora sobre el patrimonio inmaterial. Sin embargo, en la capital almeriense aún estamos a tiempo de frenar esta sangría. La alcaldesa, María del Mar Vázquez, tiene la oportunidad de oro de blindar el comercio tradicional y evitar que el Paseo de Almería o el entorno de la Catedral terminen siendo un decorado de cartón piedra.

Perder los comercios autóctonos por esta estética de plástico es la liquidación a precio de saldo de nuestra personalidad urbana. El triunfo de esta invasión es habernos convencido de que pagar seis euros por un café aguado es el súmmum del cosmopolitismo, sin que importe lo más mínimo si nos sentamos a la orilla del Sena, del Támesis o de la desembocadura del Andarax. Lo auténtico no necesita un logo global; necesita que no lo dejemos morir entre neones y cartón.

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