Opinión

El nunca jamás de María Márquez

Rafael M. Martos | Lunes 23 de febrero de 2026

Hay que reconocerle a la política andaluza una capacidad escénica digna de los mejores tiempos del teatro clásico. La pasada semana, el Hospital de Poniente, en El Ejido, fue el escenario elegido para una representación que rozó lo épico, si no fuera porque la hemeroteca es ese invitado molesto que siempre acaba arruinando el banquete. La portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Parlamento de Andalucía, María Márquez, desembarcó en la provincia de Almería flanqueada por su guardia pretoriana: el secretario provincial, José María Martín, y una nutrida representación de los líderes del PSOE de la comarca del Poniente.

El momento cumbre de la función llegó cuando María Márquez, con una potencia de voz envidiable y un desahogo que ya quisieran para sí muchos pacientes en lista de espera, sentenció que la situación de la sanidad en Andalucía, y más concretamente en la provincia de Almería, «nunca» se había visto de esta manera. Ese «nunca», declamado con una energía casi mística, pretendía borrar de un plumazo décadas de gestión, como si la historia de la sanidad pública almeriense hubiera comenzado la mañana en la que el Partido Popular de Juanma Moreno tomó posesión del Gobierno andaluz.

Sin embargo, el problema de los relatos construidos sobre el «nunca» es que basta un simple paseo por los archivos de 2017 y 2018 para que el decorado se venga abajo. Justo antes de que se produjera el relevo en Andalucía, el monopolio socialista de casi cuatro décadas nos dejó una herencia que la señora María Márquez parece haber borrado de su disco duro. Resulta irónico que hablen de situaciones inéditas cuando la Marea Blanca, esa organización que ahora algunos pretenden patrimonializar, nació precisamente para denunciar el desastre que el PSOE estaba perpetrando en la sanidad pública.

En enero de 2018, bajo el mandato socialista, la Marea Blanca no se andaba con chiquitas. Denunciaban el «caos» que sufría la sanidad en Almería, tildándolo de fruto de los recortes sistemáticos y de la falta de previsión de la administración sanitaria andaluza en la provincia. En aquel entonces, los titulares no hablaban de una Arcadia feliz, sino de pacientes hacinados en los pasillos del servicio de reanimación del Hospital Torrecárdenas porque no había camas en planta tras las cirugías. Ese colapso, según las plataformas ciudadanas de la época, no era un evento aislado, sino una rutina marcada por el déficit de camas y el recorte de personal en toda la provincia de Almería.

El sarcasmo de la situación alcanza su punto álgido cuando recordamos el verano de 2018. Mientras los socialistas hoy se rasgan las vestiduras, en aquel julio la Marea Blanca denunciaba el cierre de más de 180 camas hospitalarias públicas durante los meses estivales en la provincia almeriense: 38 en el Hospital de La Inmaculada, 70 en el Hospital de Poniente y 84 en Torrecárdenas. Aquella «estrategia desleal» del Gobierno de la Junta de Andalucía —entonces en manos socialistas— buscaba, según los denunciantes, debilitar lo público para reforzar con conciertos la sanidad privada.

Es cierto, y no hay que ser condescendientes, que la sanidad en Andalucía tiene hoy déficits evidentes y una gestión que dista de ser perfecta. Los problemas estructurales persisten y la crítica es necesaria. Pero una cosa es exigir mejoras y otra muy distinta es sufrir un ataque de amnesia selectiva tan severo. Afirmar con tal vehemencia que la situación actual «nunca» se había visto es un insulto a la memoria de los almerienses que ya en 2017 llenaban las calles en manifestaciones reivindicativas.

María Márquez y José María Martín deberían recordar que la Marea Blanca no surgió por generación espontánea frente a las sedes del PP, sino como respuesta a la nefasta gestión que ellos mismos lideraron. El desahogo es una herramienta política útil, pero frente a la crudeza de los datos y el polvo de la hemeroteca, se convierte en un simple ejercicio de cinismo. Antes de invocar el «nunca», conviene revisar los armarios; no vaya a ser que estén llenos de aquellas camas que ellos mismos cerraron.

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