Opinión

Amenaza autoritaria

Rafael M. Martos | Martes 24 de febrero de 2026

Las recientes declaraciones de Santiago Abascal Conde dirigidas a Javier Ortega Smith-Molina no son solo un exabrupto en una reunión de partido; son el acta fundacional de un absolutismo que ya no se molesta en esconderse. «No nos va a caber ninguna duda cuando tengamos que tomar decisiones internas y en la política española cuando lleguemos al poder. Que esto lo sepan todos los españoles», soltó el líder de Vox. La frase, que resuena con la contundencia de un decreto de emergencia, destila un aroma a caudillismo que debería encender todas las alarmas en el Estado, pero ha pasado desapercibido su final a cuenta de la bronca.

Nos hemos quedado con la primera parte, con la del partido, pero la amenaza real es la segunda, el aviso a los españoles de que una vez logrado el Gobierno, él tomará las decisiones, y los demás obedecerán, y punto.

El problema no es solo la pulsión autoritaria de Santiago Abascal. Lo verdaderamente inquietante es el encefalograma plano de su base electoral ante estos desmanes. A los votantes de la formación parece darles exactamente igual que el partido se rompa por las costuras, que se purgue a los fundadores o que se den bandazos estratégicos que dejarían mareado a un funambulista. No importa si deciden salir de los gobiernos de coalición, como ocurrió tras el órdago por el reparto de menores migrantes, o si optan por el aislamiento más absoluto. La fidelidad de sus seguidores se ha convertido en una suerte de fe ciega que no exige resultados, sino simplemente que el líder mantenga el tono de voz lo suficientemente alto.

Esta indiferencia del electorado hacia la gestión real y el respeto a las normas internas dice muy poco bueno de la salud democrática de quienes les apoyan. Cuando a un votante le da igual que su partido se comporte como una secta piramidal donde Ignacio Garriga Vaz de Concicao ejerce de brazo ejecutor de las purgas ordenadas por Abascal, se está abriendo la puerta a algo mucho más oscuro. La historia, esa disciplina que tantos se empeñan en ignorar, nos recuerda que el argumento de la legitimidad de las urnas para hacer «lo que me dé la gana» fue el mismo que utilizó Adolf Hitler. El dictador alemán no asaltó el poder desde la marginalidad, sino que utilizó el sistema para, una vez dentro, dinamitarlo bajo la premisa de que su voluntad era la voluntad de la mayoría.

Esa «ausencia de dudas» que pregona Santiago Abascal es el síntoma más claro de una patología política. En democracia, la duda es una virtud; la certeza absoluta es patrimonio de los regímenes que no admiten réplica. El hecho de que en la Comunidad Autónoma de Andalucía o en cualquier otro rincón del Estado se acepte con naturalidad que un líder político amenace con lo que hará cuando tenga todo el poder, sin que sus votantes se inmuten, revela una preocupante dejación de funciones ciudadanas.

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La bronca con Javier Ortega Smith es solo el síntoma visible de una estructura donde la discrepancia es traición y la sumisión es la única vía de supervivencia. Si a los seguidores de Vox les da igual que su partido sea una trituradora de cuadros políticos y un laboratorio de autoritarismo, es que quizás no buscan un representante, sino un dueño. El caudillismo de Santiago Abascal es real y peligroso, pero lo es mucho más por la complicidad silenciosa de una masa social que ha decidido que pensar y cuestionar es demasiado cansado, prefiriendo la comodidad de un líder que promete no tener dudas mientras camina con paso firme hacia el abismo de las libertades.

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