Nuestro presidente, Señor Sánchez, tiene su corazoncito. ¿O no? Prueba de que sí lo tiene es que es sensible a determinadas peticiones, informándonos de que abrirá la caja de los secretos oficiales de todo lo acaecido el 23 de febrero de 1981, a petición del escritor Javier Cercas, que lo solicitó públicamente en unas jornadas sobre la Transición; por tanto, tiene su corazoncito.
¿O no? Ya que el mismo escritor, en tiempos de jaleo por el beso de Rubiales y tramoya en Waterloo de pactos de investidura, negaba la posibilidad de que el presidente aprobara una amnistía, dado su inconstitucionalidad y significado, para luego sorprenderse, más tarde denunciar y, por último, resignarse. Y por entonces el presidente no dio muestras de empatía con sus preocupaciones.
Dicen que hasta un reloj averiado da la hora correcta dos veces al día. Sánchez es algo menos que un reloj averiado, y ni siquiera cuando acierta lo hace correctamente. Así lo han puesto de manifiesto sus socios de investidura, citando a Elisenda Alemany: “Me sabe mal decir que no tengo mucha esperanza en la desclasificación de estos informes. Sánchez se vuelve a sacar de la chistera un tema para tapar sus problemas de gestión y de liderazgo en el Gobierno de España”. Lo conocen bien, y bien que se han aprovechado de su chistera.
Pero, obviando al mandatario y quedándonos con su propuesta, no es mala migaja mostrar a la ciudadanía, sin tutelas, lo que pasó ese día. Era necesario y, a día de hoy, llega tarde. Decía Cercas que poco podría cambiar lo que ya sabemos, pero tutelar a una ciudadanía, tratarlos como infantes, es uno de los pecados originales de nuestra democracia.
Partidos políticos y sindicatos que tratan a ciudadanos y trabajadores como menores de edad, alejados del sentir popular y de los ambientes laborales, enquistados en estrategias no para solucionar problemas sociales y laborales, sino para perpetuar partidos y sindicatos en los ámbitos de poder.
Pero bueno, sí, parece ser que tiene su corazoncito. Según “Libertad Digital”, así lo atestiguan los médicos de la unidad cardiovascular del hospital “Ramón y Cajal”.
Relacionando esto del reloj averiado con la ultraderecha y la ultraizquierda, me gusta este término que pone nombre a una izquierda chavista, estalinista, por la que el eurocomunismo de Carrillo no pasó. Una ultraderecha que ha aprendido a hacer tartamudear a esta ultraizquierda. El otro día, con el burka, me pareció de vergüenza ajena. Burka y niqab como parte de la expresión de la libertad religiosa. Dando rodeos y circunloquios para no detestar la simbología que pone de manifiesto un sistema teocrático de opresión a la mujer. Me recordaba cuando, tertulia sí y tertulia también, se achacaba a Podemos su tibieza respecto al régimen dictatorial de Venezuela, y estos callaban. Por entonces muchos pensábamos que era un simple desatino de comunicación, aunque más tarde se ha demostrado que era un modelo para los dirigentes de esta formación.
A la ultraderecha no se le puede obviar, y a los problemas que ella nos presente tampoco. La izquierda, obvio a esa ultraizquierda vieja y sectaria, debe afrontarlos y darles soluciones distintas a las que propone la ultraderecha. Si no lo hace, esta se quedará sola ante estos retos y serán sus soluciones las únicas que vea un electorado cada vez más radicalizado, por unos y, sobre todo, por los que mandan.