Opinión

El español no existe (o sí)

Rafael M. Martos | Domingo 01 de marzo de 2026

No tenía la más mínima intención de adentrarme en el barrizal dialéctico inaugurado por María Jesús Montero, vicepresidenta del Gobierno de España y destacada dirigente del PSOE, a cuenta de las "lenguas andaluzas", término que luego, en un alarde de equilibrismo político, rectificó para dejarlo en unas inofensivas "hablas andaluzas". Sinceramente, no pensaba hacerlo. Hasta que he leído en las páginas de este mismo diario, noticiasdealmeria.com, el artículo del compañero Juan Torrijos. Tras leer su texto, he llegado a la conclusión de que, efectivamente, convenía dejar por escrito un par de reflexiones. Y a ustedes, habituales lectores de este medio, se las ofrezco sin más preámbulos.

Vaya por delante que no voy a entrar al fondo de la cuestión ontológica sobre qué es exactamente nuestra forma de comunicarnos. Me voy a limitar a diseccionar las flagrantes contradicciones que adornan la denominación de lo andaluz. Resulta tragicómico observar la constante degradación de nuestro estatus lingüístico. Cuando un servidor iba al colegio e incluso al instituto, se nos enseñaba con absoluta normalidad que el andaluz era un dialecto del castellano. Con el paso de los años y las reformas educativas, el concepto se fue aguando hasta convertirse en un mero "modo de hablar". mientras que el castellano pasaba tomar más consistencia como "español", término que arraigó especialmente durante el franquismo homegenizador. Hoy, la rebaja ha continuado hasta dejarlo en un simple "acento", una entonación graciosa, una manera particular de dejar caer las palabras, pero con lo que tan contentos se muestran políticos y no políticos. Es decir, en los más de cuarenta y cinco años que llevamos de autonomía, mientras consolidábamos el autogobierno de la Comunidad Autónoma de Andalucía, la consideración institucional de nuestro modo de expresión oral ha sufrido una devaluación sistemática.

Pero abordemos el argumento estrella de los escépticos: "El andaluz no existe porque en cada lugar se habla diferente". Nos ilustran explicando que no se habla igual en Cádiz que en Málaga, ni en Almería que en Huelva, ni en Córdoba que en Sevilla, ni en Jaén que en Granada. Y tienen razón. Es más, la diversidad es microscópica: en la propia provincia de Almería, un vecino de Adra no suena igual que uno de Pulpí, pero ojo, adviertan como inmdiatamente quien afirma eso, destaca el "acento almeriense" único. En Granada, el habla de Motril dista de la de Güéjar Sierra. Y en la provincia de Sevilla, el acento de la capital tiene poco que ver con el de Écija o Estepa, pero de nuevo, se unifica como "el acento sevillano", y que "los sevillanos" y "los almerienses" hablan distinto, así, provincialmente.

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Con esta incontestable realidad geográfica, algunos concluyen que el andaluz carece de unidad y, por tanto, no existe como tal. Bien. Apliquemos entonces ese mismo y riguroso rasero al español. Siguiendo esa lógica aplastante, el español tampoco existe. Al fin y al cabo, un ejidense no habla igual que un salmantino, ni igual que un señor de Vilanova i la Geltrú en Cataluña, o un vecino de O Porriño en Galicia. Si cruzamos el charco, la cosa se pone aún peor para los puristas de la homogeneidad: el español de un madrileño se parece al de un quiteño en Ecuador, un montevideano en Uruguay, un bogotano en Colombia o un bonaerense en Argentina lo que un huevo a una castaña. Si todos estos millones de personas hablan distinto, ¿por qué el español del Estado sí es un "hecho unitario" indiscutible, pero la diversidad de Andalucía invalida la existencia del andaluz? Misterios de la filología de conveniencia.

Y subamos la apuesta. Vámonos a otras latitudes de España. El catalán no se habla ni remotamente igual en la costa gerundense de Cadaqués, que en las llanuras interiores de Lleida, o en las tierras del delta sur en Tortosa. Hay tantas diferencias fonéticas y léxicas como las que pueda haber entre Cádiz y Almería. Sin embargo, ¿ha escuchado alguien a algún político hablar de "las hablas catalanas"? ¿Alguien se refiere a los "acentos gallegos" o a las "lenguas vascas"? No, ¿verdad? Para el catalán, el gallego o el euskera se utiliza siempre el singular, dotándolos de la dignidad de un ente cohesionado. Pero cuando el sujeto es Andalucía, de repente surge la imperiosa necesidad de pluralizar para fragmentar. Una incoherencia más.

Todo esto denota una argumentación paupérrima y un afán casi patológico por mantener divididos a los andaluces. Es la misma trampa en la que caen quienes intentan acotar un supuesto "habla almeriense" estanca.

El habla no entiende de los tiralíneas en los despachos que dibujaron las fronteras administrativas. Un abderitano habla de una forma muchísimo más parecida a la de su vecino de Motril que a la de un paisano de Los Vélez. Y si nos adentramos en la Alpujarra, la frontera entre Almería y Granada es un fantasma cartográfico que la lengua ignora por completo. Las isoglosas fluyen libres. Uno no cambia su forma de hablar al pasar un cartel de la Diputación Provincial en la carretera.

Ya habrá tiempo y espacio para debatir con seriedad qué consideración exacta merece el modo en que nos comunicamos. Pero, por ahora, los malabares de nuestros representantes políticos no solo adolecen de rigor, sino que desprenden una clara estrategia de división.

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