Opinión

Trump para bellum

Rafael M. Martos | Lunes 02 de marzo de 2026

Hay que reconocerle a Donald Trump una capacidad innata para el coleccionismo. No le basta con rascacielos dorados o gorras rojas; ahora le ha dado por coleccionar trofeos de paz mientras el orden internacional salta por los aires como un invernadero de El Ejido tras la última dana, o borrasca, o temporal, o como las llamen ahora.

La última escena, digna de un guion de serie B, nos dejó a María Corina Machado —la flamante Premio Nobel de la Paz 2025— entregándole su propia medalla en un almuerzo en la Casa Blanca el pasado enero. Al parecer, si el comité de Oslo no te lo da, siempre puedes esperar a que una protegida te lo ceda entre plato y plato, como quien te pasa la sal.

Sin embargo, la medalla ha debido de oxidarse pronto. Este pasado sábado, 28 de febrero de 2026, el mundo se despertó con la "Operación Furia Épica". EEUU, en una pinza letal con el Estado de Israel de Benjamín Netanyahu, decidió que la mejor forma de "liberar" al pueblo iraní era mediante una lluvia de cientos de misiles sobre Teherán e instalaciones estratégicas en Natanz. Mientras los cazas sobrevolaban la República Islámica, Donald Trump supervisaba la pirotecnia desde la comodidad de Mar-a-Lago, demostrando que el Derecho Internacional es para él algo tan molesto y prescindible como un contrato de arrendamiento en Manhattan.

La estrategia del zanahoria de Florida para alcanzar la gloria académica es el Trump para bellum: si quieres la paz, prepárate para el bombardeo preventivo. Ya lo vimos con Venezuela, donde no le ha temblado el pulso para secuestrar a sus dirigentes o bombardear embarcaciones bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico, mientras mantiene a Cuba en un estado de amenaza permanente que huele a naftalina de la Guerra Fría. El problema es que esta receta de "democracia exprés" suele dejar un regusto a ceniza que ya conocemos de sobra.

La historia no engaña, aunque en EEUU prefieran el género de la ficción heroica. El rastro de sus intervenciones es un catálogo de estados fallidos. Ahí sigue Irak, sumido en una inestabilidad crónica desde que George W. Bush decidiera jugar a los dados en 2003 buscando armas que nunca existieron. O Libia, que tras la intervención de 2011 pasó de ser una dictadura a un mercado de milicias enfrentadas. Estados Unidos tiene un máster en entrar rompiendo la puerta, generar un caos absoluto y luego irse a jugar al golf, dejando que el resto del mundo —y especialmente la Unión Europea— gestione los escombros y las crisis humanitarias.

En este escenario, la reacción de la Unión Europea ha sido la de siempre: el bostezo diplomático. Mientras Kaja Kallas, desde su despacho en Bruselas, convoca reuniones de urgencia para expresar su "profunda preocupación", el Estado español y el resto de los socios comunitarios asisten paralizados a la demolición del orden mundial. Somos el espectador que paga la entrada pero no puede elegir la película; un convidado de piedra que solo se atreve a balbucear protestas mientras Ursula von der Leyen pide una "desescalada urgente" que suena a chiste cuando los misiles ya han impactado.

Es indudable que los pueblos de Irán o Venezuela necesitan libertad —en cantidad inversa al petroleo que hay bajo su suelo—, pero dudo mucho que esta llegue envuelta en fuego de fragmentación. La libertad que nace de un bombardeo tiene la misma durabilidad —y legitimidad— que un helado en la playa de El Zapillo en pleno agosto: ninguna. Si este es el camino hacia el Nobel, que bajen a Alfred Nobel de su tumba y le pidan perdón, porque a este paso el premio a la paz se va a acabar entregando en una armería de Texas.

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