Opinión

Que mal habláis

Rafael Sanmartín | Lunes 02 de marzo de 2026

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Seguramente la joven, quizá conocido o imaginado el ceceo, al escuchar seseo quiso agradecer la reconocida amabilidad andaluza, o quizá sólo mostrar erudición y creyó halagarme después de haberla guiado al lugar dónde se dirigía:

—Tú no eres de aquí, ¿verdad?

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—Si, soy de Sevilla. ¿Por qué?

—Es que no hablas tan mal como los demás.

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—Ah, pues lo siento, procuraré corregirme.

Sí, disculpen: la conversación es completamente real y me acomplejaría sobremanera si debiera aceptar hablar tan mal como un madrileño, un vallisoletano o un montañés. Porque los andaluces de todas las comarcas de Andalucía coincidimos plenamente en suprimir la “d” intervocal y la “s” final, y conservamos palabras perdidas, o quizá más bien nunca conocidas en esas tierras dónde sus habitantes se han auto concedido el título de “bienablaos”. Como el vallisoletano afirmativo de:

—¿Qué es “una jartá”? Será una sarta—, quien recibió la respuesta merecida y seguramente no esperada:

—No. Una hartá, no jartá, es estar hasta… lo guardado en el escroto, de gente como tú, presumidos y convencidos de hablar mejor por alargar las palabras con una letra “s” final.

Suprimir dos letras en conversación o aspirar la “h”, coincidencias en toda Andalucía, no es hablar mal. El laísmo (La dije) o cambiar la forma del verbo, el pretérito “estuviera” por el condicional simple “estaría” (si “estaría aquí”), sí son algunas formas de hablar muy mal. Porque modifica el lenguaje, lo mezcla y lo confunde y dificulta la comprensión, defectos que los andaluces no cometemos.

No son los únicos ejemplos posibles. Pero deberían bastar a enseñanza, literatura, medios de comunicación, editoriales y demás, para dejar de condenar y hasta castigar por ejemplo, por aplicar el artículo masculino al varón y el femenino a la mujer; y el neutro cuando no nos referimos a personas, porque tampoco caemos en el leísmo. Ya pueden empezar a respetar a quienes, por ser andaluces, nos expresamos más correctamente que nuestros críticos.

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Ese respeto, necesario y justificado, empieza por reconocer la realidad de los hechos, porque la verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés, que decía nuestro paisano y maestro Antonio Machado. O “¿Tu verdad? No: la verdad. Y ven conmigo a buscarla”, de su padre, Demófilo. La imposibilidad de que Castilla, enemiga pública y orgullosamente despectiva con todo cuando pueda sonarle a “moro”, será por la necesidad de justificar la conquista, haya podido incluir en su romance las más de cuarenta mil palabras de origen andalusí, aunque lo llamen “árabe” con la insana intención de rebajarlas de categoría. Pero esas palabras están desde la Edad Media, pese a su escasa simpatía, en el idioma llamado “castellano” antes y ahora “español”. Se explica porque el primer acto de un estado conquistador es borrar la cultura y la historia del conquistado.

Ningún idioma ha nacido un día concreto y a una hora determinada. Es un fenómeno cultural debido a un colectivo con indudables señas de identidad común. Nacen en una cultura concreta y se desarrollan de forma específica en las zonas dónde su uso es común y aceptado, después de haberse consolidado. Los romances, antecesores de los actuales idiomas nacidos en Europa, como todas las lenguas, se han hecho a sí mismos durante siglos y siguen evolucionando. Sólo terminan su evolución cuando dejan de usarse, cuando mueren. Y solamente el andaluz pudo recoger esas cuarenta mil palabras, y ser elegido y adoptado por el leonés rey sabio, por su menor complejidad y su mayor riqueza. Castilla adoptó el andaluz y orilló el romance propio, aunque le diera su nombre al convertirlo en el oficial del reino, igual que ahora se llama “español”.

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Los acentos son la adaptación del idioma al genio y el carácter de cada zona hablante. Cuando se ha argumentado contra la unidad lingüista y cultural de Andalucía que tiene “distintas formas de pronunciarlo”, se ha olvidado de forma vergonzosa que en eso todos coinciden. No es igual el acento, la pronunciación de Galicia a la de Castilla, ni la de Cantabria a la de Murcia. Como tampoco es uniforma en ninguna de las diecisiete comunidades.

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