Opinión

Irán: la primera pregunta

Rafael M. Martos | Jueves 05 de marzo de 2026

En este tablero de ajedrez global que se maneja desde despachos con aire acondicionado en Washington, las reglas del juego son tan elásticas como aquellos chicles Bazooka de los años ochenta y cuyo nombre está bien traido en estos momentos.

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La pregunta no es si el régimen de los ayatolás es una tiranía —que lo es, y de las que no escatiman en palos—, sino por qué hemos aceptado que sea Donald Trump quien sople el silbato, decida quiénes son los buenos, quiénes los malos y, sobre todo, a quién le toca el castigo físico esta semana. La "Operación Furia Épica", iniciada el pasado 28 de febrero, nos vende una justicia poética a base de misiles sobre Teherán y Lamerd, pero la primera pregunta sigue sin respuesta: ¿quién le dio a los Estados Unidos el carné de árbitro único de la moralidad internacional? Si el criterio para bombardear un país es la crueldad de su régimen, uno se pregunta por qué las bombas no caen con la misma alegría en Riad o en Abu Dabi. En Arabia Saudí, la libertad de expresión es un concepto tan exótico como la lluvia en el desierto de Tabernas, y en los Emiratos Árabes Unidos, según informes recientes de Amnistía Internacional, los juicios injustos y la tortura son el pan nuestro de cada día. Sin embargo, allí los Estados Unidos no ven tiranos, sino socios estratégicos con los que compartir un café y unos cuantos barriles de crudo. La diferencia entre ser un eje del mal o un aliado preferente parece depender más de la cuenta de resultados de Exxon Mobil que de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

El sarcasmo de la geopolítica alcanza su punto álgido cuando miramos hacia Latinoamérica. El Estado norteamericano ha desplegado una logística cinematográfica para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela bajo el pretexto de restaurar la democracia, mientras Cuba, esa isla que lleva décadas en una debilidad económica terminal y con un sistema agotado, sigue ahí, observando desde la barrera sin que nadie se moleste en "liberarla" con la misma urgencia. ¿Será que el petróleo venezolano brilla más que el azúcar cubano? ¿O es que el imperialismo, ese término que tanto nos gusta escupir cuando Rusia invade Ucrania, solo es reprobable si se hace con intención de anexionar territorio físico y no cuando se busca instaurar un gobierno títere que funcione como una provincia del extrarradio de la Casa Blanca?

Hablemos de las mujeres, ese argumento recurrente que se saca a pasear cuando conviene. Se nos dice que hay que actuar en Irán por la represión sistémica femenina —cierto y doloroso—, pero se guarda un silencio sepulcral sobre el "apartheid de género" en Afganistán. Según datos de ONU Mujeres para este 2026, la exclusión de las afganas le costará al país casi 1.000 millones de dólares y la vida civil de toda una generación bajo el yugo talibán. Sin embargo, no hay portaaviones navegando hacia Kabul. Parece que las mujeres iraníes tienen la suerte, o la desgracia, de vivir sobre una falla geopolítica que interesa a Israel y a su primer ministro, Benjamín Netanyahu, mientras que las afganas solo tienen el infortunio de habitar un lugar que ya no da réditos electorales en el Capitolio.

Lo más insultante para la inteligencia del ciudadano de a pie, ya viva en la ciudad de Almería o en el rincón más remoto de la Comunidad Autónoma andaluza, es que pretendan colarnos el mismo disco rayado de las armas de destrucción masiva. Hace apenas cinco meses, en junio de 2025, el propio Donald Trump presumía de haber desmantelado el programa nuclear iraní. Hoy, sin embargo, nos asegura que la amenaza es inminente, ignorando las declaraciones del mediador omaní Badr Albusaidi, quien afirmaba que Teherán estaba dispuesto a ceder en el almacenamiento de uranio. ¿De verdad nadie entre los que aplauden esta escalada se pregunta por qué debemos creer a quien cambia de versión según sople el viento en Mar-a-Lago? La primera pregunta sigue en el aire: ¿por qué este seguidismo ciego hacia un caudillo que marca las reglas a su antojo y conveniencia?

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