Opinión

Los que pagamos la guerra

Rafael M. Martos | Sábado 07 de marzo de 2026

En una cafetería a la que suelo acudir en Costacabana, entre el aroma a tostada con tomate y el ruido de la máquina de café, se está decidiendo el presupuesto de la campaña agrícola de 2026. No lo deciden los agricultores que se acodan en la barra, aunque sean ellos quienes mejor conocen el precio del sudor, sino un señor con un tupé incombustible a miles de kilómetros de aquí. Mientras Donald Trump juega a los barquitos en el despacho oval, un par de productores locales comentaban el otro día, con esa resignación tan almeriense, que ya no es solo que el gasóleo esté por las nubes, es que empieza a no haberlo. Buscar combustible en algunas gasolineras del Poniente o del Levante se ha convertido en una gincana logística que nada tiene de lúdica.

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La realidad es que el barril de Brent ha superado ya los 92 dólares y la culpa tiene nombre de accidente geográfico: el estrecho de Ormuz. Por esa lengua de agua de apenas 33 kilómetros de ancho transita el 20 % del crudo mundial, y el régimen de Ali Khamenei ya ha dejado claro que, si las bombas de Donald Trump siguen cayendo sobre Irán, por allí no va a salir ni una gota de petróleo. Es la magia de la globalización: un misil estalla en una instalación nuclear en Fordow y, automáticamente, el transporte por carretera que debe sacar nuestros pimientos hacia Europa se vuelve un lujo aristocrático. Porque en este Estado que es España, y en esta Comunidad Autónoma llamada Andalucía, todo se mueve sobre ruedas, y esas ruedas se alimentan de un líquido que Donald Trump ha decidido encarecer para mayor gloria de su política exterior de Twitter y explosivos.

Resulta enternecedor, casi de lágrima fácil, escuchar el argumentario de la Casa Blanca sobre la liberación del pueblo iraní y la defensa de los derechos de las mujeres sometidas al yugo de los ayatolás. Si la preocupación de Donald Trump por el bienestar femenino fuera genuina, quizá habría dedicado un par de minutos a mirar hacia Afganistán o Pakistán antes de autorizar la Operación Furia Épica. O mejor aún, podría preguntarle a sus socios de Arabia Saudí —esos amigos que no se tocan— qué tal llevan allí lo de la igualdad de género mientras firman contratos milmillonarios. Si el objetivo fuera tumbar tiranías por pura filantropía, Marco Rubio, su Secretario de Estado, tiene Cuba a tiro de piedra. Pero no, la libertad siempre parece coincidir sospechosamente con las zonas donde hay que controlar el flujo del gas y el petróleo.

Mientras tanto, aquí, en la provincia de Almería, la factura ya ha llegado. Poco importa si el Gobierno, presidido por Pedro Sánchez, decide ponerse de perfil o si la Junta de Andalucía de Juanma Moreno emite comunicados de preocupación. El precio de la cesta de la compra sube porque todo, absolutamente todo, requiere logística. Y la logística es energía. Estamos pagando una guerra para la que nadie nos ha pedido permiso y de la que no vamos a obtener ni un solo dividendo, ni siquiera el moral. La supuesta liberación iraní no tiene visos de ocurrir; lo que sí es una certeza es que el sector primario de la provincia está financiando, céntimo a céntimo en cada repostaje, las extravagancias bélicas de un presidente que no sabría situar el mar de plástico en un mapa.

La guerra de Donald Trump no se libra solo en Oriente Medio; se libra en cada surco y en cada camión que intenta salir de la provincia. Y lo peor no es que la estemos pagando nosotros, sino que, como suele ocurrir en estos casos, nadie nos va a devolver el cambio.

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