Opinión

Disciplina española

Angel Rodríguez Fernández | Sábado 07 de marzo de 2026

Al fin Vox echa a Ortega Smith, esa encarnación del superhéroe del cómic más franquista, “Roberto Alcázar”, que con su ayudante “Pedrín” las hacía pasar canutas al peligro rojo-amarillo en la España del NO-DO, Falange y las JONS.

Al mismo tiempo, José Ángel Antelo, candidato murciano y defenestrado de Vox, se quejaba: “En Vox no existe la democracia, la libertad. Es el imperio del miedo”. Quién lo iba a decir, como el comisario Renault que, por mandato del jerarca nazi de cerrar el bar de Rick, se hace el sorprendido: “¡¡¡Aquí se juega!!!”, mientras que uno de los camareros le traía las fichas que había ganado apostando a la ruleta.
Añado a lo dicho por Antelo: no hay democracia interna en Vox, ni en el PP, ni en el PSOE, ni en IU, ni en Sumar, ni en Podemos... La organización de un partido político y la democracia en nuestro sistema político son un oxímoron (estaba deseando usar este término en alguna de estas columnas) desde su legalización en 1977.
Partidos políticos y sindicatos eran ilegales y había que dotarlos de un cuerpo político; para ello, nuestros próceres pensaron tendrían normativamente darles poderes extraordinarios, dado que por entonces se encontraban en una inmensa debilidad. Con la idea de que, una vez nuestra democracia entrara en la mayoría de edad, se les iría desinflando en beneficio de una ciudadanía más libre.
Se subvencionaron, se encapsularon con listas cerradas y se protegieron legislativamente, creando verdaderos monstruos.
Pero santa Rita, Rita, lo que se da no se quita. Esto debieron pensar todas las administraciones que han ido pasando por los distintos gobiernos; administraciones, claro, deudoras de los propios partidos políticos. El ciudadano, tras 45 años en democracia, podría ya no estar tutelado por partidos y sindicatos: abrir las listas y, de paso, abrir las ventanas de partidos y sindicatos para que se airearan. Pero no: el harakiri tendrá que esperar a un Suárez revivo que, con audacia, sepa dar este segundo paso hacia un modelo de más democracia frente a los laberintos kafkianos de partidos y sindicatos.
Conocemos la disciplina inglesa como esa variante sadomaso tan a gusto de los anglosajones que le dieron su nombre. En España es muy antigua esta otra disciplina. No en vano fue un español, Mercader, quien con piolet en mano cesó definitivamente al disidente estalinista León Trotski en México. La RAE estaría muy acertada si incluyera: “Disciplina española: forma de organizarse en la cual afiliados y electores ceden su soberanía a un ente superior llamado partido político o sindicato”.
Antonio García-Trevijano, durante toda su vida —y muerto también, a través de reels pareciera más vivo que nunca— mostró esta debilidad como una de las grandes flaquezas de un régimen que se autodenominaba democrático y que estaba en manos de los partidos políticos. Una plutocracia que arrebata al ciudadano los resortes decisorios para planificar leyes que beneficien y engorden a partidos y sindicatos.
Quisiera terminar esta “cosa” que familiares y amigos llaman artículo de opinión y el resto ensaladilla rusa de citas y majaderías, puntualizando que no se trata de acabar con los partidos políticos, sino de ponerlos en su sitio, que es al servicio del ciudadano y no al revés: votantes al servicio de los partidos políticos.
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