Opinión

Que viva Raúl del Pozo (y el vino)

Rafael M. Martos | Miércoles 11 de marzo de 2026
A los 89 años, se ha marchado el último bucardo del periodismo. En Madrid, esa ciudad que él bautizó como su "Samarcanda" particular y donde ha dejado huella en más de medio siglo de oficio, ha muerto Raúl del Pozo. Se va un cronista que no necesitaba de la condescendencia del poder para brillar, alguien que entendía que el oficio no consiste en ser el eco de una nota de prensa, sino en poseer una biografía que pese más que el currículum.
Lo descubrí, como tantos otros, a través de las ondas de la radio antes de quedar irremediablemente enganchado a sus columnas. Había en su estilo una sobriedad tajante, un dominio del castellano que solo un castellano de cepa —de esos que parecen tallados en piedra— puede permitirse. Manejaba el idioma con la precisión de un cirujano y la ironía de un boticario de pueblo, huyendo de esa cursilería que hoy inunda los medios del Estado. Resulta casi una ironía poética que este maestro del columnismo diera sus primeros pasos en Mundo Obrero, en la trinchera del papel clandestino y la mística comunista, donde Raúl del Pozo empezó a afilar una pluma que luego pasaría por cabeceras míticas como Pueblo, bajo la tutela de Emilio Romero, o el diario El Mundo, donde heredó la icónica contraportada de manos de otro gigante, Francisco Umbral.
Mientras en la Comunidad Autónoma de Andalucía nos acostumbramos a menudo a un discurso institucional plano y previsible, Raúl del Pozo representaba la resistencia del adjetivo exacto. Su trayectoria es el recordatorio de que se puede venir de lo más profundo de la ideología para acabar siendo el notario de la realidad de un Estado, España, que siempre le pareció un espectáculo tan fascinante como decadente. No era solo un esteta; era un periodista de raza, ganador del Premio González-Ruano y del Premio Mariano de Cavia, cuyo legado no es una colección de anécdotas, sino una radiografía política de más de medio siglo de historia compartida.
Su faceta literaria no era menos rotunda que su periodismo. Sumergirse en títulos como No es elegante matar a una mujer descalza se disfruta como un whisky después de una jornada en la redacción cargada de intensidad: es un trago seco, con cuerpo y que deja un regusto de verdad cruda. En obras como El recluta, demostró que su capacidad narrativa iba mucho más allá de la urgencia del cierre de edición, construyendo mundos con la misma solvencia con la que diseccionaba un consejo de ministros.
​Se nos ha muerto el hombre que mejor sabía que el periodismo, si no molesta un poco, es solo propaganda. Su salida de escena deja un vacío en las mañanas de Carlos Alsina en Onda Cero, donde su voz era el contrapunto necesario a la corrección política que nos asfixia. Nos queda su obra y esa sensación de que, con su marcha, el periodismo pierde su último ejemplar de una especie que ya no se fabrica. Quizás ahora, en su verdadera Samarcanda eterna, siga buscando la palabra perfecta para definir el esperpento que dejamos aquí abajo.

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