Opinión

Se lo están llevando crudo

Rafael M. Martos | Jueves 12 de marzo de 2026

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Parece que en la provincia de Almería hemos desarrollado un sexto sentido para detectar cuándo nos están tomando el pelo, aunque últimamente ese sentido esté saturado por el olor a gasoil a precio de perfume francés.

La sincronicidad casi mística de los mercados es sorprendente, porque basta con que alguien mire de reojo un mapa del Estrecho de Ormuz para que, automáticamente, el surtidor de la gasolinera más cercana a San Isidro o El Ejido pegue un brinco de tres pares de narices. Es la magia de la economía moderna: pagamos hoy el impacto de una crisis que, según los datos oficiales del propio Gobierno y de la Unión Europea, no debería tocarnos el bolsillo hasta dentro de tres meses.

Si atendemos al rigor de las cifras, el argumento para la especulación se queda sin guion. El Estado mantiene reservas estratégicas de petróleo para noventa días. Es decir, el combustible que usted está echando hoy a su furgoneta para ir a la alhóndiga se compró y almacenó mucho antes de que el primer dron asomara por el Golfo Pérsico. Sin embargo, la lógica de las petroleras es más rápida que un bólido de Fórmula 1: los precios suben a la velocidad de la luz ante la mera expectativa de conflicto, pero bajan con la parsimonia de un funcionario en agosto cuando la tensión se relaja. Se lo están llevando crudo, y nunca mejor dicho.

La excusa de la dependencia energética de esa zona del mundo es, además, un decorado de cartón piedra. Según los datos que maneja el sector y que organizaciones como COAG han puesto sobre la mesa, la dependencia de España de la ruta marítima de Ormuz apenas roza el 17% o 20%. El 75% del crudo llega por rutas mucho más tranquilas y seguras. Estamos hablando de suministradores como Estados Unidos (25%), Nigeria (15%), México (10%) o Kazajistán (8%). Si a eso sumamos las aportaciones de Angola o Brasil, que completan otro 30%, la pregunta es obligada: ¿por qué el gasóleo roza ya los dos euros? La respuesta no está en la geopolítica, sino en la codicia.

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Este atraco a mano armada no solo vacía el depósito del ciudadano de a pie, sino que hiere de gravedad al motor de esta provincia: la agricultura. No es solo el combustible; es el asalto silencioso a través de los fertilizantes. Los grandes proveedores de nitrógeno para el Estado no necesitan pasar por Ormuz. Marruecos nos suministra fosfatos, Argelia aporta el gas necesario para los nitrogenados a través del gasoducto del Mediterráneo y Egipto utiliza el Canal de Suez. Si añadimos las importaciones de Rusia, Bielorrusia, Trinidad y Tobago o Estados Unidos, el mapa de suministros es lo suficientemente diverso como para que los precios no se hubieran disparado de esta manera tan obscena.

Ante este panorama, el silencio de las instituciones resulta atronador. ¿Dónde está la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) que preside Cani Fernández Vicién? ¿A qué espera el Gobierno de Pedro Sánchez para intervenir en un mercado que ha abandonado cualquier atisbo de racionalidad? La sospecha es legítima y amarga: cuanto más caro es el combustible y más prohibitivos los fertilizantes, más engorda la recaudación por IVA de la Hacienda pública. Mientras en otros países se toman medidas drásticas para reducir la carga fiscal sobre la energía, aquí el Ejecutivo parece sumido en una parálisis contemplativa, quizás demasiado ocupado en sobrevivir sin Presupuestos Generales del Estado actualizados.

Cada día que el Ministerio de Transición Ecológica o el de Agricultura pasan "analizando la situación", es un día más en el que el agricultor almeriense trabaja para pagar impuestos sobre una inflación inflada artificialmente. No es una crisis de suministro, es un festival del margen de beneficio. Y mientras el crudo fluye por rutas seguras, a los ciudadanos nos dejan en la cuneta de una especulación que nadie parece querer frenar porque en La Moncloa sacan tajada del surtidor.

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