Opinión

De Irán a Melilla

Rafael M. Martos | Domingo 15 de marzo de 2026

El patriotismo parece haberse convertido en una cuestión de metros cuadrados de tela, en la misma medida que para otros lo es de pulserillas. Lo vimos hace apenas unos días en el cierre de campaña de las elecciones de Castilla y León, donde Pedro Sánchez, en pleno fervor mitinero se paseó bajo una bandera de España de dimensiones estratosféricasm y que por cierto, ya sacó en otras elecciones generales, pero jamás se atrevería en País Vaco o Cataluña. Es el nuevo escaparatismo de la Moncloa: pero cuanto más grande es el trapo, más pequeña parece la soberanía que queda dentro. En los despachos moclovitas se ha apuntado que para ese territorio toca "españolismo", pero para las generales -cuando toquen- toca el "No a la guerra".

La historia se repite, esta vez como farsa electoralista. Ante el reciente ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, Sánchez ha desempolvado la pancarta de hace 23 años. No es una cuestión de pacifismo ético, sino de aritmética de votos. El presidente ha decidido erigirse como el "anti-Trump" oficial de Europa, una pose que le permite agitar a las masas progresistas de cara a las urnas mientras los peones a su izquierda caen uno tras otro. El problema es que el destinatario de sus desprecios no es un espectador pasivo. Donald Trump, que no suele destacar por su sutileza diplomática, ya tiene sobre la mesa la sugerencia de Michael Rubin, un ex alto cargo del Pentágono con buen oído en el entorno republicano: reconocer a Ceuta y Melilla como "territorio marroquí ocupado".

Es cierto que Sánchez no está solo en su negativa a apoyar un ataque uniltateral contra Irán. Giorgia Meloni, que preside un país con intereses estratégicos casi idénticos a los de España, mantiene una postura de cautela similar respecto a la intervención militar en Oriente Medio. Sin embargo, Meloni sabe manejar los silencios y las formas, lo que le permite mantener a salvo su relación con Washington. Sánchez, por el contrario, ha optado por la beligerancia retórica para consumo interno. El resultado es que la administración de Trump reprende a España mientras ignora a Italia. El precio de que Sánchez pueda presumir de "estatura de estadista" en un mitin de Castilla y León es que la integridad territorial del sur se convierta en moneda de cambio en el despacho oval.

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Este entreguismo no es nuevo. Ya lo vimos con el giro unilateral sobre el Sáhara Occidental en 2022, un movimiento que rompió el consenso histórico sin pasar por el Congreso ni el Senado. La sombra del caso Pegasus y el terminal pinchado del presidente sigue planeando sobre aquella decisión: ¿se vendió el Sáhara a Mohamed VI para comprar un silencio sobre contenidos privados? Si el Sáhara fue el primer plazo para garantizar la supervivencia política en la Moncloa, Ceuta y Melilla parecen ser el segundo. Para Sánchez, lo que importa es remover las aguas de la izquierda, resucitar fantasmas del pasado y asegurar un buen resultado electoral, aunque para ello deba sacrificar la relevancia internacional y dejar a las ciudades autónomas a los pies de los caballos —o de los camellos— del expansionismo marroquí.

Mientras tanto, en Almería, la realidad sigue siendo la misma: una frontera que se siente cada vez más vulnerable y un sector agrícola que observa cómo el Gobierno se pliega a los intereses de Rabat a cambio de una paz social ficticia. La actitud de Sánchez no es un error de cálculo; es una estrategia de supervivencia personal. Le da exactamente igual vender el Sáhara, Ceuta o Melilla mientras pueda seguir diciendo "yo estoy bien" desde la escalinata del Falcon. La soberanía, al parecer, solo importa cuando se puede imprimir en una bandera gigante para un cierre de campaña. Cuando se trata de defenderla en los despachos de Washington o frente a las pretensiones de Marruecos, el presidente prefiere el cortoplacismo.

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