Almería

El rayo de luz que unió dos continentes en Almería

El histórico hito geodésico de la provincia oculto en un sello de Correos

Ana Rodríguez | Domingo 29 de marzo de 2026

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La cumbre de la Tetica de Bacares se convirtió en el siglo diecinueve en una pieza fundamental para establecer la conexión matemática y cartográfica entre Europa y África, una proeza científica que pasó a la historia y que la filatelia del Estado español recordó décadas después.

En el año 1970, el servicio de Correos de España emitió una estampilla postal que, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, pasó completamente desapercibida como un simple trozo de papel engomado de curso legal. Sin embargo, aquel pequeño sello conmemorativo escondía en su diseño el recuerdo de una de las epopeyas científicas más impresionantes de la época contemporánea, un episodio en el que la provincia de Almería jugó el papel protagonista indiscutible. Se trataba del centenario de la fundación del principal organismo geográfico del Estado español, dirigido en sus orígenes por el general Carlos Ibáñez de Ibero, el hombre que lideró la titánica tarea de medir con exactitud el meridiano de París desde las islas británicas hasta el mismísimo desierto del Sahara. Para lograr completar este inmenso eje de medición terrestre, existía un obstáculo geográfico colosal que cortaba abruptamente el paso de los topógrafos y matemáticos: las aguas del mar Mediterráneo.

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La comunidad científica europea necesitaba enlazar la red geodésica del continente con la del norte de África para poder calcular con absoluta precisión las dimensiones y la forma exacta del planeta Tierra. Hasta ese momento, las triangulaciones matemáticas se hacían de montaña a montaña usando teodolitos, pero saltar el mar implicaba trazar triángulos imaginarios de más de doscientos kilómetros de distancia sobre el agua. Tras múltiples estudios sobre la orografía del sur de España y el norte de Argelia, los científicos determinaron que la única forma de conseguir líneas de visión directa por encima de la curvatura terrestre y la bruma marina era utilizar los picos más elevados y estratégicamente situados a ambos lados del Mediterráneo. En el lado europeo, los vértices elegidos fueron el monte Mulhacén y un pico que domina el horizonte de la sierra de los Filabres: la emblemática Tetica de Bacares.

El desafío logístico que se planteó en aquel año 1879 fue absolutamente descomunal para los medios de la época. Para que los puntos de observación fueran visibles a semejante distancia y a través de las calimas marítimas, los espejos que reflejaban la luz solar durante el día no eran suficientes. Los científicos decidieron que la observación debía realizarse de noche, utilizando una tecnología revolucionaria y sumamente aparatosa: inmensos proyectores de luz eléctrica alimentados por enormes máquinas de vapor. Subir todo este pesado equipamiento industrial, compuesto por pesadas calderas, dínamos de gran tonelaje, reflectores y toneladas de carbón y agua, hasta los más de dos mil metros de altitud de la cumbre almeriense supuso un esfuerzo sobrehumano. Durante semanas, caravanas interminables de mulas y trabajadores locales abrieron caminos improvisados por las escarpadas laderas de Bacares para instalar el campamento científico en la cima de la montaña, soportando condiciones meteorológicas extremas y el aislamiento total.

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Una vez instalados los campamentos simultáneamente en las cumbres de Almería y Granada en territorio europeo, y en los montes Filhaoussen y M'Sabiha en territorio africano, comenzó una de las esperas más tensas de la historia de la ciencia moderna. Los equipos hispano-franceses pasaron largas semanas escudriñando el oscuro horizonte nocturno del mar de Alborán, encendiendo sus potentes luces de arco voltaico y esperando ver la respuesta del continente opuesto. Las inclemencias del tiempo, las densas nubes bajas y las averías constantes de las máquinas de vapor frustraron los intentos noche tras noche durante el final del verano y el principio del otoño. El equipo destacado en la Tetica de Bacares mantuvo la maquinaria funcionando al límite de sus capacidades, sabiendo que el éxito de toda la operación internacional dependía de la potencia del haz de luz que emitían desde el vértice almeriense.

Finalmente, el milagro lumínico se produjo cuando los cielos se despejaron de manera simultánea en ambos continentes. Desde la cima almeriense, los observadores lograron divisar a través de sus instrumentos ópticos un minúsculo punto brillante que parpadeaba a más de doscientos setenta kilómetros de distancia, marcando exactamente la posición de sus colegas en las montañas argelinas. La red geodésica quedó oficialmente unida, confirmando los cálculos trigonométricos que permitieron definir la forma de la Tierra con una exactitud sin precedentes y abriendo la puerta a la elaboración de mapas globales modernos. Aquel sello emitido en 1970 recogió silenciosamente esta magna operación técnica, dejando constancia de un momento imborrable en el que la luz de una montaña de Almería sirvió como puente matemático y científico para unir, por encima de las aguas del Mediterráneo, a dos continentes.

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