Opinión

Próxima estación: Andalucía

Rafael M. Martos | Lunes 16 de marzo de 2026

Parece que en el laboratorio político de Castilla y León han decidido jugar a la alquimia de última hora. Los resultados de este domingo han dejado un panorama que, según se mire, puede ser un bálsamo para unos o un dolor de muelas preventivo para otros.

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Alfonso Fernández Mañueco ha cumplido con su tónica habitual de crecimiento moderado, logrando 33 procuradores, pero se ha quedado con esa cara de circunstancias que se te queda cuando ganas la carrera pero tienes que pedirle permiso al vecino para entrar en el garaje. Porque sí, las matemáticas son tercas: sin el visto bueno de los 14 procuradores de Vox, Mañueco no será investido presidente. Es el eterno retorno de lo mismo, una dependencia que el Partido Popular intenta sacudirse con la misma eficacia con la que nosotros intentamos que el AVE llegue a la provincia antes de que se invente el teletransporte.

Sin embargo, la verdadera sorpresa la ha protagonizado Luis Tudanca. En un giro de guion que ha roto todas las tendencias de hundimiento socialista, ha conseguido aumentar su cosecha en votos y escaños, situándose en los 30 procuradores. Este crecimiento no responde a una súbita epifanía del electorado hacia el proyecto de Pedro Sánchez, sino más bien a un proceso de canibalismo interno digno de un documental de naturaleza. El PSOE ha crecido a costa de triturar a sus compañeros de viaje de la extrema izquierda. En Castilla y León, ni Podemos, ni Izquierda Unida, ni Sumar han logrado asomar la cabeza lo suficiente como para que se les vea en el hemiciclo. Es la "paz del cementerio" para las formaciones que en Madrid sostienen al Gobierno central y que probablemente han sido víctimas del estratégico "No a la guerra" abanderado por Sánchez.

Este fenómeno tiene una lectura obligatoria si miramos por el retrovisor cuando enfilamos la carretera hacia la próxima parada electoral: la Comunidad Autónoma de Andalucía. Si trasladamos la fórmula, es muy probable que el PSOE andaluz, en sus horas más bajas, logre salvar la honra manteniendo o mejorando mínimamente sus escaños, pero será únicamente porque se habrá merendado lo poco que queda a su izquierda. En términos netos para el bloque, es el mismo perro con distinto collar, y desde luego no supone amenaza alguna para un Juan Manuel Moreno Bonilla que, tras ver las barbas de su vecino pelar, ya apunta a acariciar la mayoría absoluta en el Parlamento de Andalucía.

Y en esto entra Vox. El presidente andaluz puede también verse beneficiado en esta nueva tendencia. Vox deja de crecer, o de avanzar en plan apisonadora, si se quiere. Teniendo en cuenta que su portavoz en Andalucía, Manuel Gavira, no es precisamente brillante, y que los candidatos provinciales son desconocidos para la inmensa mayoría porque solo importa el Caudillo Abascal, el exterminador, es posible que su crecimiento electoral sea mucho más moderado de lo que predicen las encuestas, y más cuando ya se toma referencia de que no son imparables.

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La diferencia entre el relativo éxito de Carlos Martínez y los estrépitos de otros barones socialistas radica en el "factor sanchista". Mientras que Pilar Alegría se estrelló en Aragón con el peor resultado histórico de su partido, tras haber sido el rostro y la voz del Gobierno de Pedro Sánchez en Madrid, Martínez ha sabido mantener una distancia prudencial, casi higiénica, con la exposición directa de la Moncloa. En Extremadura, el panorama es aún más sombrío. Miguel Ángel Gallardo, el delfín de Guillermo Fernández Vara, llegaba absolutamente abrasado por su vinculación con la trama que rodea al hermano de Pedro Sánchez, David Sánchez. Con ambos imputados por la gestión en la Diputación de Badajoz, el socialismo extremeño parece más una crónica judicial que un proyecto político.

Y así llegamos a Andalucía, donde el nombre que resuena en los pasillos de San Telmo es el de María Jesús Montero. La vicepresidenta primera y ministra de Hacienda es la encarnación máxima del sanchismo militante. Pero para los andaluces, y especialmente para quienes recordamos su gestión en el Gobierno andaluz, su currículum es una moneda de dos caras. No hay que olvidar sus años como consejera de Salud y de Hacienda, periodos marcados por una gestión que hoy sigue siendo objeto de crítica feroz. Si el socialismo cree que desembarcar con una candidata tan quemada por la política estatal y con tantas sombras en su pasado autonómico será la solución, es que no han entendido que Andalucía ya no se conforma con los saldos que envían desde Madrid.

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La tendencia está marcada. En esta esquina del mapa, donde la provincia de Almería sigue esperando que las inversiones del Estado dejen de ser un mito erótico, observamos cómo el tablero se mueve. La próxima estación es Andalucía, y si el PSOE pretende competir con la maquinaria de Moreno Bonilla usando las mismas caras que han fallado en Aragón o que están bajo la lupa en Extremadura, el viaje se les va a hacer muy largo.

Por ahora, el Partido Popular se frota las manos: saben que, entre la absorción de la izquierda radical y el desgaste de los candidatos sanchistas, el camino hacia San Telmo está más despejado que la Autovía del Mediterráneo un martes de madrugada.

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