Lo vivido esta semana en el Palacio de la Moncloa no fue una crisis de Gobierno, ni un bloqueo institucional, ni siquiera una falta de respeto a la liturgia del Consejo de Ministros. Según el presidente Pedro Sánchez, lo de que la mitad de su gabinete le diera el plantón durante cuatro horas antes de aprobar el pomposo "escudo social" contra las consecuencias económicas de la guerra en Irán, es simple y llanamente "salseo".
Imaginen por un momento que en cualquier cooperativa de nuestra provincia, unos socios decidieran no aparecer por la junta hasta que el gerente y el resto no cediera a sus pretensiones de última hora, mientras los camiones esperan en la puerta. Aquí, en Almería, eso se llama falta de seriedad; en Madrid, al parecer, es material para un reel de Instagram. Los ministros de Sumar, capitaneados por Yolanda Díaz, decidieron que la mejor forma de negociar un decreto no era en las comisiones previas, sino dejando las sillas vacías y el café enfriándose en la mesa del Consejo.
Si fueron capaces de ponerse de acuerdo en apenas cuatro horas de tensión mediática, ¿qué les impidió hacerlo en los meses anteriores? La respuesta es sencilla: a Pedro Sánchez le cuesta negociar casi tanto como a un almeriense explicarle a un madrileño qué es un "avío". El presidente ha hecho de la improvisación su zona de confort. La ausencia de negociación efectiva previa al Consejo de Ministros no es un accidente, es el síntoma de un Gobierno que prefiere el impacto del titular al rigor del Boletín Oficial del Estado.
Lo más sangrante de este sainete es la justificación posterior. Minimizar el desplante de tus socios de coalición como si fuera un chisme de revista del corazón es, cuanto menos, una temeridad democrática. No es "salseo" que el Gobierno funcione a golpe de pulsaciones de última hora; es una irresponsabilidad que afecta directamente a los bolsillos de los ciudadanos.
Pero el clímax del surrealismo llega con la gestión de las cuentas públicas. Escuchar al presidente decir que, dada la inestabilidad internacional por el conflicto iraní, es casi mejor afrontar la crisis sin unos Presupuestos Generales del Estado actualizados, es para nota. Es la teoría del parche como política económica.
Cualquier empresa de El Ejido o de la capital sabe que, precisamente cuando vienen mal dadas, es cuando más falta hace saber cuánto entra y cuánto sale. Sin presupuestos, el Estado se convierte en un trilero que mueve partidas de un lado a otro:
Se quita de aquí para poner allá.
No existe una previsión de recaudación oficial y transparente.
Se gobierna a base de modificaciones de crédito que son auténticas trampas al solitario.
Afrontar una crisis energética y de precios derivada de un conflicto bélico sin una hoja de ruta presupuestaria no es ser resiliente; es ir en un barco sin cartas de navegación esperando que el viento sople siempre a favor. Mientras en Almería seguimos esperando que esas partidas presupuestarias se conviertan en realidades tangibles (trenes que lleguen a su hora, por citar un exotismo), en la Moncloa prefieren el espectáculo de las sillas vacías y el "salseo" ministerial.
El "escudo social" parece más bien un biombo de cartón piedra para ocultar que este Gobierno no negocia: sobrevive. Y en esa supervivencia, la planificación y el rigor han sido los primeros en abandonar la reunión.