En estos días, cercanos todavía al ocho de marzo, donde se festeja el día de la mujer, hemos conocido un dato escalofriante. Las violaciones han aumentado por cuatro en los últimos años. Son datos oficiales, sacadas de las memorias dadas a conocer por las fiscalías, que no creo que se pueda alegar que están en contra del gobierno de turno, el que este sea. Se ha venido luchando por dar más libertad y seguridad a la mujer, se han erigido leyes buscando esa solución, pero lo único que nos hemos encontrado es que las violaciones han aumentado, que las mujeres siguen siendo maltratadas y asesinadas, y que los servicios de seguridad, el gobierno y la justicia no han sido capaces de encontrar esa línea que lleve tranquilidad a la vida de las mujeres en España.
Las pulseras que las debían defender no han funcionado, pero nadie ha pagado por ello. Ni político alguno, ni empresa adjudicataria. A estas alturas no sabemos si estaban rotas cuando las compraron, si se rompieron después, o si las compraron a sabiendas de que no funcionaban. Vivimos en el país de la ineficiencia. Llevamos unos años en los que todo se rompe, hasta las vías de acero de los trenes, saltan las soldaduras como si se hubieran soldado con pegamento y medio, como para que no rompa una pulsera de mujer comprada por un gobierno que no supo ni comprar mascarillas con honradez.
Hace falta más inversión, dicen desde los colectivos de mujeres. Es posible, pero, ¿para gastárselo en qué? ¿En más chiringuitos, en más fiestas, pancartas, en pulseras que no funcionan, en leyes que suelta violadores? No sería mejor invertir en mejores servicios de protección y seguridad: más policía, más guardias civiles. No creen que faltan más jueces, que no puede retrasarse el juicio al maltratador o violador. Pero de esto no oímos hablar a las mujeres que se ponen delante de las pancartas cada ocho de marzo. Y menos este año, en el que solo hemos oído lo de “no a la guerra”. Como si todos no estuviéramos en contra de la guerra, como si todos no tuviéramos claro lo mucho que nos cuesta la guerra a los ciudadanos de a pie. Son estos los que mueren en las batallas, son estos los que caen ante las bombas, son estos los que dejan solas a sus familias, sus mujeres y sus hijos.
Levantar la voz en la defensa de la mujer es imperativo, pero no solo el 8 de marzo, hacerlo todos los días, gritando que hace falta más seguridad en nuestras calles, que hay que dotar de mayor protección, y para ello necesitamos mayor dotación de policía dedicada a esa protección y defensa. Y, por último, leyes que de verdad protejan a la mujer, no las que tenemos hasta este momento, que parecen hechas para defender a maltratadores y violadores.