Opinión

Juan Palomo se va a la guerra

Rafael M. Martos | Lunes 23 de marzo de 2026

A estas alturas de la película, con el Estrecho de Ormuz convertido en un embotellamiento de fragatas y el barril de Brent coqueteando con los 200 dólares, hablar de legalidad internacional suena casi tan ingenuo como esperar que el AVE llegue a Almería antes del próximo siglo. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es hoy ese salón de plenos donde todos tienen derecho a veto y nadie tiene la intención de usarlo para algo que no sea fastidiar al vecino. Pero lo que realmente clama al cielo —o al desierto— no es la guerra en sí, sino el seguidismo ciego, esa fe del carbonero que algunos profesan hacia las ocurrencias transatlánticas.

[publicidad:922]

Resulta que Donald Trump, en su enésima encarnación como jinete del apocalipsis, ha decidido tirar por la calle de en medio. Sin consultar a los socios de la OTAN, sin mandar un mísero WhatsApp a la Unión Europea y, lo que es más sangrante, ignorando olímpicamente a los países del Golfo Pérsico, ha emprendido su cruzada personal contra Irán. Es el "Juan Palomo" de la geopolítica: él se lo guisa, él lo bombardea y ahora pretende que todos nosotros le freguemos los platos.

Lo de Donald Trump amenazando este domingo 22 de marzo con aniquilar las centrales eléctricas iraníes si no abren Ormuz en 48 horas es el culmen del matonismo de casino. Ha creado un problema económico de dimensiones bíblicas. En la provincia, donde el transporte por carretera es nuestra columna vertebral para que el tomate llegue a Europa, ya estamos notando cómo el diésel sube un 20% porque a un señor en Washington le ha dado por jugar al Risk. Y lo más tierno de todo es que espera que, como somos víctimas de su caos, salgamos a defenderle. Es como si el que te quema el cortijo te pidiera que le ayudes a sujetar la manguera mientras él se fuma un puro.

[publicidad:922]

Lo verdaderamente fascinante es la fauna política que tenemos en el Estado. Por un lado, la extrema derecha patria, con Santiago Abascal a la cabeza, vive en un estado de júbilo permanente. El líder de Vox ya ha dicho que ve con "gran esperanza" la caída de los ayatolás, demostrando un seguidismo de las locuras de Donald Trump que roza lo servil. Parecen perros falderos buscando un amo fuerte al que lamerle la bota, aunque esa bota esté pisoteando la estabilidad económica de los almerienses.

Por otro lado, parte de la extrema izquierda parece sufrir el síndrome del "enemigo de mi enemigo es mi amigo". Vamos a ver, seamos serios: que el régimen iraní sea víctima de una agresión unilateral de los Estados Unidos y de Israel (con Benjamin Netanyahu siguiendo el ritmo de la música) no convierte a Teherán en un baluarte de la libertad. El régimen iraní es una dictadura salvaje, punto. No se puede defender lo indefendible solo porque el agresor sea el anaranjado de la Casa Blanca.

Mientras el Gobierno de España, con Pedro Sánchez y Margarita Robles, intenta hacer equilibrismos negando el uso de las bases de Rota y Morón para esta aventura, la realidad es tozuda. Nos han metido en un jardín sin preguntarnos y ahora nos piden que aplaudamos las flores.

No nos engañemos. El problema no es solo que la guerra sea "ilegal" (término que a estas potencias les importa lo mismo que a un político una promesa electoral); el problema es que es una decisión unilateral que pagamos todos en el sur. Defender la libertad no debería ser sinónimo de reírle las gracias a quien decide incendiar el mundo desde un despacho oval, ni tampoco de blanquear teocracias por el simple hecho de que están al otro lado de la trinchera. Al final, los de siempre acabaremos pagando el pato... y el litro de combustible a precio de oro.

TEMAS RELACIONADOS: