Parece que los astros se han alineado, o quizás es que el calendario electoral —ese motor infalible de la ingeniería civil— ha decidido darnos un respiro. Resulta que en esta provincia, donde estamos acostumbrados a que las maquetas críen polvo en los despachos antes de ver una hormigonera (como cuando el PSOE puso en Torrecárdenas la maqueta del materno-infantil... sin ni tan siquiera haber proyecto), finalmente ha ocurrido lo impensable. No, no hablo del AVE; ese sigue siendo el mito fundacional de nuestra paciencia infinita, una suerte de Godot ferroviario que Óscar Puente nos promete para un 2027 que suena a ciencia ficción. Hablo de algo que ya podemos pisar: la primera fase del Puerto-Ciudad.
Durante décadas, el Puerto-Ciudad ha sido nuestra serpiente de verano favorita, compitiendo en el ranking de promesas incumplidas con el eterno PERI de San Cristóbal. Los periodistas llevamos veinte años preguntando por ese plan de reforma integral como quien pregunta por el paradero del Santo Grial. Y miren por donde, aunque el nombre técnico se haya diluido en la burocracia, la falda de la Alcazaba y su entorno han mutado. El cambio en el acceso al monumento es histórico, una realidad que nos abofetea la cara a los escépticos y que ha dejado atrás el paisaje de abandono para darnos una entrada digna de la joya de la corona.
Pero volvamos al agua. Este lunes, la inauguración de la primera fase del Puerto-Ciudad nos ha dejado una explanada junto a la Capitanía Marítima que, sorprendentemente, no es un espejismo. Con un edificio renovado y una ordenación de espacios que invita al paseo —ese deporte nacional que en Almería practicamos esquivando coches—, la zona se vuelve por fin accesible.
La hoja de ruta es ambiciosa, casi poética si nos ponemos sentimentales. La idea es que el futuro Paseo de San Luis y un Parque de Nicolás Salmerón debidamente acondicionado sirvan de cordón umbilical con el Paseo de Almería. Como bien ha apuntado la alcaldesa, María del Mar Vázquez, el objetivo es "llevar el mar hasta Puerta Purchena". Una frase que suena a eslogan de agencia de viajes, pero que encierra una verdad logística: un turista podrá desembarcar y llegar a la Alcazaba a pie sin sentir que está cruzando una yincana de asfalto y tubos de escape.
En el acto, el presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, no pudo evitar recordar el éxito de Málaga. Podría haber citado también a Cartagena o Barcelona, pero ya sabemos que el espejo malagueño es el que más brilla en el palacio de San Telmo. Lo cierto es que, si Almería se mete en esa liga, es en gran parte por el empuje de la presidenta de la Autoridad Portuaria, Rosario Soto, que parece haber entendido que el puerto no puede seguir viviendo de espaldas a los almerienses, como si fuera una base militar secreta.
Lo más insólito de este capítulo no es la obra en sí, sino el consenso. Ver al Ayuntamiento de Almería, a la Junta de Andalucía y al Estado (a través de la Autoridad Portuaria y el Gobierno de España) arrimando el hombro y la cartera es un fenómeno digno de estudio por la NASA. Cada administración ha puesto su parte de los millones necesarios para que este proyecto deje de ser una diapositiva en un mitin para convertirse en granito y bancos públicos.
Ya sabemos dónde empieza el puerto y cómo se va a fundir con la ciudad. Ahora solo falta que, con la misma inercia, alguien se acuerde de que los trenes también necesitan llegar a algún sitio. De momento, disfrutemos de la brisa en la explanada; al menos ahora, cuando digamos que vamos a "bajar al puerto", no será para ver una valla, sino para encontrarnos, por fin, con el Mediterráneo a los pies de nuestra Puerta Purchena.