Opinión

Jalar halal

Rafael M. Martos | Domingo 29 de marzo de 2026

A veces, en la gestión pública uno tiene la sensación de que el tiempo no avanza en línea recta, sino que describe círculos concéntricos sobre el mismo desierto de ideas. El Ayuntamiento de Roquetas de Mar ha decidido que el gran desafío de nuestro tiempo, la amenaza existencial que quita el sueño a los vecinos entre la variante y el Castillo de Santa Ana, no es el agua ni las infraestructuras, sino el menú escolar.

[publicidad:922]

Los temas principales en el pleno de Roquetas de Mar en sus dos últimas sesiones han sido el burka y el menú halal. Ahí es nada. Todo el resto de temas, las inversiones, las obras, los proyectos, el turismo, la agricultura... todo queda opacado.

El populismo tiene una definición académica muy precisa, pero en la práctica se resume en algo más rústico: fabricar un problema donde hay calma para vender una solución que genera el radicalismo con el que regar los miedos que hacen brotar el enfrentamiento. Es la política del bombero pirómano. En Roquetas, el pleno ha dado luz verde a una moción para impedir que los colegios impongan el menú halal de forma obligatoria. Y uno se pregunta absorto: ¿en qué centro educativo de la provincia se está obligando a un niño a tener una dieta halal contra su voluntad? La respuesta es sencilla: en ninguno. Pero la realidad nunca ha sido un obstáculo para una buena campaña de agitación.

Legislar contra lo invisible es una especialidad del populismo. Ya lo vimos con la astracanada de intentar regular el burka y el niqab, confundiendo tradiciones culturales preislámicas con preceptos religiosos, solo para alimentar un debate identitario que no aporta un solo euro al PIB provincial. Ahora, el foco vuelve al plato.

El criterio para elaborar un menú escolar debería ser estrictamente nutricional: sano, equilibrado y adecuado, o lo que es lo mismo, reduciendo al máximo carnes como las de cerdo, y potenciando las verduras y pescados. Sin embargo, bajo el paraguas de la "tradición", se intenta esconder una islamofobia que ya ni siquiera se molesta en usar maquillaje.

[publicidad:922]

Dicen los proponentes de la medida que el menú halal no forma parte de "nuestras tradiciones". Habría que recordarles, quizás con un libro de historia de primaria, que el cordero, la ternera, el pollo, los huevos, el tomate, el pimiento, la berenjenam lo boquerones, las sardinas, la merluza y nuestro oro líquido, el aceite de oliva, son pilares de la dieta mediterránea y, casualmente, son profundamente halal. ¿Cuál es exactamente el problema? ¿Acaso la tradición consiste en obligar a un niño de seis años a beber vino en el recreo? ¿O es que el cerdo es el único elemento que otorga el carné de identidad español?

Entremos en el terreno de la lógica, esa señora que saltó por la ventana cuando la extrema derecha y la extrema izquierda entraron las instituciones. Si el 90% de los padres decidiera que se sirva cerdo, se sirve. Si el 90% decidiera que no, no se pondría. Hasta ahí, democracia de comedor. El problema surge cuando nos ponemos estupendos.

[publicidad:922]

Si exigimos que se respete el derecho de un 5% o un 10% de alumnos a comer magro de cerdo en base a que no se imponga el menú halal, ¿por qué ese mismo porcentaje de alumnos no tiene derecho a que se respete su opción de no hacerlo? ¿Es un 10% más valioso que otro dependiendo de su apellido? Si un niño tiene una intolerancia médica al gluten, se le adapta el menú sin que nadie llame a las Cruzadas. Pero si la intolerancia es cultural o religiosa, entonces hablamos de una "invasión" de las costumbres.

Lo más preocupante de esta deriva, en la que el Partido Popular parece cómodo bailando al son que le marcan otros que desprecian de modo sistemático a la realidad social de Almería. Se llenan la boca diciendo que la inmigración es bienvenida "si es regular", pero la realidad es que les molesta incluso la regularizada.

¿Dónde quedan en este argumentario los padres musulmanes conversos? ¿Dónde los ciudadanos españoles de pleno derecho —porque España es un Estado de ciudadanos, no de linajes de sangre, ni tiene religión oficial— que han nacido aquí, que pagan sus impuestos en Roquetas y cuyos hijos se llaman Mohamed, Fátima o Lubna? Según esta lógica, un español de segunda generación tiene menos derechos sobre el plato de su hijo que un vecino que pueda certificar que es "cristiano viejo".

Crear división donde hay convivencia es un juego peligroso. Cuando un partido de gobierno entra en esta espiral de irracionalidad e incoherencia, no solo degrada la institución; está admitiendo que no tiene nada mejor que ofrecer a los roqueteros que un enemigo imaginario en el comedor del colegio. Lo único que queda claro es que en la política de Roquetas de Mar, el sentido común es el único alimento que no figura en el menú.

Con lo sano que es jalar halal.

TEMAS RELACIONADOS: