Opinión

Vértigo

Angel Rodríguez Fernández | Lunes 30 de marzo de 2026
Creo que ya puedo, sí, ¿por qué no? Noelia murió el 26 de marzo; la hora exacta se desconoce. Ella lo decidió y, en esa decisión, fue perseverante y, al fin, lo consiguió.
¿Por qué no hablar? Si ha hablado Cristina Fallarás, pidiendo que se hiciera hincapié en la agresión sexual… Noelia no la denunció y solo la mencionó en una ocasión. También ha hablado Abascal, poniendo la tilde en los MENAS como autores de su violación, y eso que, de lo poco que se sabe, es que los agresores no eran "menores extranjeros no acompañados": bulos.
Uno más metiendo su hocico poco importará; eso sí, tuve que esperar unos días, relajar el espíritu y poder escribir sin cegarme por la pasión, dejando paso al poco sentido común que me queda. A ver si es verdad.
Este, el menos común de los sentidos, me dictó hace ya un tiempo que aquello de la memoria histórica y la política eran un mal matrimonio. La memoria histórica —que no histérica— mejor dejarla en manos de historiadores, a sabiendas de que los hay de izquierdas, de derechas y mediopensionistas; cada cual que lea lo que le apetezca, y en cuestiones de fe, mejor no meterse.
Ahora hablamos de eutanasia, aunque soy de aquellos que creen que, en el caso de Noelia, se trata de un suicidio asistido. No voy a describir la mala suerte temprana de Noelia en la vida, desafortunada desde que nació. Me quedo con la Noelia de los últimos años, litigando con un padre que estaba asesorado por una abogacía muy activa —“Abogados Cristianos”, se llaman— para acogerse a la ley de eutanasia. Ella, objetivamente, con problemas mentales, además de los físicos: una depresión grave y un diagnóstico: trastorno límite de la personalidad.
Y es sobre esto que se me plantean las dudas. Desde mi agnosticismo militante (otro oxímoron; no hay artículo que no traiga uno), soy un vitalista recalcitrante. El vértigo de la muerte, que aún no he superado, me parece tan terrorífico que la vida, a pesar de sus miserias, me induce a agarrarme a ella con todas mis fuerzas. Desde estos miedos solo veo un motivo para querer abandonarla: que el colapso mental haga de mí un muerto viviente, que no reconozca, no pueda leer o no pueda deleitarme con el canon de Pachelbel o disfrutar de del sol rojo y crepuscular de “Centauros del desierto” (próximo reestreno en Almería).
Pero volvamos a Noelia, a ella y a la memoria histórica. Si en este segundo caso, el Gobierno del Estado debe permanecer al margen —y lo vi claramente—, dejando a los historiadores que hagan su trabajo, en el caso de Noelia el Estado debería haberla rodeado de buenos médicos, psiquiatras y psicólogos. No se trataba de una enfermedad degenerativa que la dejara postrada física y mentalmente, sino de un grado discapacidad reconocido superior al 70 % y una depresión crónica.
¿Es una obligación del Estado ayudar a morir a Noelia —repito— bajo una depresión y con un diagnóstico de trastorno límite de la personalidad? No lo tengo claro; por eso lo pregunto.
Me parece síntoma de una sociedad enferma que se vea en la muerte de Noelia una victoria de “algo”. Han sido una serie de catástrofes personales, conducidas por la trágica vida de Noelia, hasta la derrota final. Que todos arríen sus banderas; que la vergüenza nos consuma hasta que le demos una segunda vuelta a la muerte digna —si esto no es también un oxímoron; parecieran perseguirme—.

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