Opinión

Miércoles Santo

Angel Rodríguez Fernández | Jueves 02 de abril de 2026

Desde el primer momento, la deflagración dejó claro que no era festiva. En el pensamiento, mil cosas; y, al asomarnos por la pequeña ventana del salón, vimos penitentes con las manos en la cabeza, lágrimas y carreras. No se presagiaba nada bueno. Pronto llegaron otros ruidos más tranquilizadores: bomberos, ambulancias y policías.

Por la calle, esa mezcla de penitentes con vecinos y curiosos que alzaban su móvil en busca de imágenes. Mi primera decisión fue si unirme a este ecléctico paisanaje. Al final bajamos, como en aquella película Tesis, de Alejandro Amenábar. En ella, la protagonista se encuentra de bruces con la explosión en un tren; la policía les instaba a seguir adelante y no mirar. Ella se tapa la cara, pero entreabre los dedos y no puede evitar observar el horror. Así somos los seres humanos.

Al bajar, más drama: vecinas aterradas. «Yo también uso bombona», me decía una de ellas. Llantos. Pronto, una cinta azul entre curiosos, víctimas y funcionarios. Porque también son funcionarios los primeros en estar entre la vida y la muerte. Y en este caso la ha habido: un vecino de 81 años que paseaba por la acera de enfrente del bar «La Posada», local desde donde salió la explosión.

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Podríamos haber sido cualquiera. Podría haber sido peor. Por esa calle bajan muchos de los escolares y trabajadores de la finca Santa Isabel. Ahora, un día después, estos funcionarios siguen observando, midiendo, escrutando. Escucho en la radio que están valorando desalojar un edificio aledaño.

En los barrios pasa la vida: por el mercado, por sus terrazas, por sus pequeños comercios. Y ayer, Miércoles Santo, también nos visitaron cruelmente el drama y la muerte.Hoy, para ilustrar esta cosa que hago de vez en cuando, intenté hacer una foto a la fachada caída del antiguo bar «La Posada», y digo que intenté porque la policía encargada me ordenó: «No hagas fotos». Ya no había víctimas, sino secuelas de lo que fue una tremenda explosión. Como obediente ciudadano guardé mi Redmi Note.

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La vida continuará: hoy saldrán procesiones, o no. Esta madrugada, el vía crucis con el Jesús de Perceval, ese artista irrepetible de una generación irrepetible —y permitan que me repita— a la que no se le ha reconocido como merece, o se ha reconocido de forma discrecional, poniendo luces sobre algunos de sus integrantes y dejando en la oscuridad al resto, como un castigo, como una forma de distinguir injustamente bondades y maldades. Pero esa es otra historia. Hoy tocaba honrar, a través del vecino tristemente fallecido, a las víctimas de ayer; esperar que el resto se restablezca y que sepamos qué ocurrió para poner remedio en otros lugares donde pudiera repetirse idéntica tragedia.

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