Opinión

Las leyes de Sánchez

Juan Torrijos Arribas | Sábado 04 de abril de 2026

Es de imaginar que en algún momento llegará a la política española algo de razón, y que los que nos gobiernan, los que desarrollan las leyes por los que nos regimos, pensaran dos veces las normas que dejan por escrito y que van a regir la vida de los ciudadanos. En estos años del sanchismo lo razonable no parece que haya estado demasiado desarrollado en nuestros legisladores. Se hizo una ley que dejaba en la calle a violadores, o les rebajaba las penas. Y nos la vendían desde el gobierno como un adelanto en la defensa de las mujeres. Es lo razonable y lo lógico, nos decían los ministros de este gobierno. Y uno preguntaba: ¿Que se defienda a la mujer dejando en la calle, o rebajando los años de condena a sus maltratadores es lo razonable? Si ellos lo dicen.

¡Dios, qué gente, qué políticos, qué legisladores pusimos al frente de la sociedad!

En estos días hemos conocido que un agricultor almeriense, en el noble intento de lograr una ayuda, una subvención, se ha acogido a otra ley que le permite cambiarse oficialmente de género, y ser mujer con todos los derechos (La ley para cambiarse a perro, gato, caballo o zorro plateado se está preparando, eso me cuentan) y cobrar ayudas que van dirigidas a las donas que se dedican a la noble tarea de trabajar la agricultura. Aquí tienen ustedes otra ley razonable de nuestros legisladores.

Usted se levanta una mañana, cualquier mañana, ve la posibilidad de conseguir una subvención si en su Dni, en vez de poner Juan, pone Juana, o en vez de Luis pone Luisa, y decide usar la razonable ley que hay para ello. Se va a la oficina de la capital, y le dice al funcionario de turno.

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–Buenos días.

–¿Qué desea?

–Pues verá usted, que me he levantado esta mañana y me siento mujer, con decirle que me he sentado en el baño a la hora de orinar, y desearía cambiar de sexo.

–No hay ningún problema. ¿Cómo quiere usted llamarse en esta nueva etapa de su vida?

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–Hasta ayer era Juan, pero lo de Juana no me gusta mucho, sabe usted. Prefiero Rosana, suena mejor. Eso, quiero llamarme en mi nueva vida, Rosana.

–Como usted quiera. Rosana será a partir de hoy su nombre.

Rosana, pensaba Juan, me llamo Rosana. Y se le veía tan feliz al hombre, ya convertido en mujer.

En cinco minutos Juan, perdón, Rosana, tenía en sus manos el nuevo documento que decía que así se llamaba, y que le iba a permitir cobrar una subvención como agricultora en su nueva vida. Se volvió al pueblo contento, solicitó la ayuda en el ayuntamiento y se marchó a casa feliz y satisfecho. En el hogar, la esposa, lo recibió con alegría.

–¿Lo has conseguido? ¿Ya tenemos la subvención?

–Sí, ya tenemos la subvención

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Gracias a las leyes de Sánchez una familia recibía la alegría de la jornada. Y solo con algo tan simple como pasar de llamarse Juan a Rosana. ¿Solo? Sí, solo tuvo que cambiar de nombre. Y si mañana se cansa de ser mujer, le dijeron en la oficina, no se agobie, viene de nuevo y le cambiamos de nuevo de sexo y de nombre. Como ha podido comprobar es sencillo, fácil y rápido; además, sin pagar nada por ello. A este gobierno, manifestaba aquel funcionario, solo le preocupa la felicidad de usted.

¡Qué alegría de gobierno, madre!

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